—Tengo que revelarle el secreto,—respondió Ester con firmeza,—tiene que ver y saber lo que realmente eres. No sé cuáles serán las consecuencias. Pero esta deuda mía para con él, cuya ruina y tormento he sido, tiene al fin que quedar satisfecha. En tus manos está la destrucción ó la conservación de su buen nombre y estado social, y tal vez hasta su vida. Ni puedo yo,—á quien la letra escarlata ha hecho comprender el valor de la verdad, si bien haciéndola penetrar en el alma como con un hierro candente,—no, ni puedo yo percibir la ventaja que él reporte de vivir por más tiempo esa vida de miseria y de horror, para rebajarme ante tí é implorarte compasión hacia tu víctima. No; haz con él lo que quieras. No hay nada bueno que esperar para él—ni para mí—ni para tí—ni aun siquiera para mi pequeña Perla. No hay sendero alguno que nos saque de este triste y sombrío laberinto.
—Mujer, casi podría compadecerte,—dijo el médico á quien no fué posible contener un movimiento de admiración, pues había una cierta majestad en la desesperación con que Ester se expresó.—Había en tí grandes cualidades; y si hubieras hallado en tus primeros años un amor más adecuado que el mío, nada de esto habría acontecido. Te compadezco por todo lo bueno que en tí se ha perdido.
—Y yo á tí,—contestó Ester,—por todo el odio que ha transformado en un monstruo infernal á un hombre justo y sabio. ¿Quieres despojarte de ese odio y volver de nuevo á ser una criatura humana? Si no por él, á lo menos por tí. Perdona; y deja su ulterior castigo al Poder á quien pertenece. Dije ahora poco que nada bueno podíamos esperar él, ni tú, ni yo, que andamos vagando juntos en este sombrío laberinto de maldad, tropezando á cada paso contra la culpa que hemos esparcido en nuestra senda. No es así. Puede haber algo bueno para tí; sí, para tí solo, porque tú eres el profundamente ofendido, y tienes el privilegio de poder perdonar. ¿Quieres abandonar ese único privilegio? ¿Quieres rechazar esa ventaja de incomparable valor?
—Basta, Ester, basta,—replicó el anciano médico con sombría entereza.—No me está concedido perdonar. No hay en mí esa facultad de que hablas. Mi antigua fe, olvidada hace tiempo, se apodera de nuevo de mí y explica todo lo que hacemos y todo lo que padecemos. El primer paso errado que diste, sembró el germen del mal; pero desde aquel momento ha sido todo una fatal necesidad. Vosotros que de tal modo me habéis ofendido, no sois culpables, excepto en una especie de ilusión; ni soy yo el enemigo infernal que ha arrebatado al gran enemigo del género humano su oficio. Es nuestro destino. Deja que se desenvuelva como quiera. Continúa en tu sendero, y haz lo que te parezca con ese hombre.
Hizo una señal con la mano y siguió recogiendo hierbas y raíces.
XV
ESTER Y PERLA
DE este modo Rogerio Chillingworth,—viejo, deforme, y con un rostro que se quedaba grabado en la memoria de los hombres más tiempo de lo que hubieran querido,—se despidió de Ester y continuó su camino en la tierra. Iba recogiendo aquí una hierba, arrancaba más allá una raíz, y lo ponía todo en el cesto que llevaba al brazo. Su barba gris casi tocaba el suelo cuando, inclinado, proseguía hacia adelante. Ester le contempló un momento, con cierta extraña curiosidad, para ver si las tiernas hierbas de la temprana primavera no se marchitarían bajo sus pies, dejando un negro y seco rastro al través del alegre verdor que cubría el suelo. Se preguntaba qué clase de hierbas serían esas que el anciano recogía con tanto cuidado. ¿No le ofrecería la tierra, avivada para el mal, en virtud del influjo de su maligna mirada, raíces y hierbas venenosas de especies hasta ahora desconocidas que brotarían al contacto de sus dedos? ¿Ó no bastaría ese mismo contacto para convertir en algo deletéreo y mortífero los productos más saludables del seno de la tierra? El sol, que con tanto esplendor brillaba donde quiera, ¿derramaba realmente sobre él sus rayos benéficos? ¿Ó acaso, como más bien parecía, le rodeaba un círculo de fatídica sombra que se movía á par de él donde quiera que dirigiera sus pasos? ¿Y á dónde iba ahora? ¿No se hundiría de repente en la tierra, dejando un lugar estéril y calcinado que con el curso del tiempo se cubriría de mortífera yerba mora, beleño, cicuta, apócimo, y toda otra clase de hierbas nocivas que el clima produjese, creciendo allí con horrible abundancia? ¿Ó tal vez extendería enormes alas de murciélago, y echando á volar en los espacios, parecería tanto más feo cuanto más ascendiera hacia el cielo?
—Sea ó no un pecado,—dijo Ester con amargura y con la mirada fija en el viejo médico,—¡odio á ese hombre!
Se reprendió á sí misma á causa de ese sentimiento, pero ni pudo sobreponerse á él ni disminuir su intensidad. Para conseguirlo, pensó en aquellos días, ya muy lejanos, en que Rogerio acostumbraba dejar su cuarto de estudio á la caída de la tarde, y venía á sentarse junto á la lumbre del hogar, á los rayos de luz de su sonrisa nupcial. Decía entonces que necesitaba calentarse al resplandor de aquella sonrisa, para que desapareciera de su corazón de erudito el frío producido por tantas horas solitarias pasadas entre sus libros. Escenas semejantes le parecieron en otro tiempo investidas de cierta felicidad; pero ahora, contempladas al través de los acontecimientos posteriores, se habían convertido en sus recuerdos más amargos. Se maravillaba de que hubiera habido tales escenas; y sobre todo, de que se hubiera dejado inducir á casarse con él. Consideraba eso el crimen mayor de que tuviera que arrepentirse, así como haber correspondido á la fría presión de aquella mano, y haber consentido que la sonrisa de sus labios y de sus ojos se mezclara á las de aquel hombre. Y le parecía que el viejo médico, al persuadirla, cuando su corazón inexperto nada sabía del mundo, al persuadirla que se imaginase feliz á su lado, había cometido una ofensa mayor que todo lo que á él se le hubiere hecho.
—¡Sí, le odio!—repitió Ester con más intenso rencor que antes.—¡Me ha engañado! ¡Me hizo un mal mucho mayor que cuanto yo le he inferido!