—¿Qué le diré?—se preguntó Ester á sí misma.—¡No! Si este ha de ser el precio del afecto de mi hija, no puedo comprarlo á tal costo.
Después habló en voz alta.
—Tontuela,—le dijo,—¿qué preguntas son esas? Hay muchas cosas en este mundo que una niña no debe preguntar. ¿Qué sé yo acerca del corazón del ministro? Y en cuanto á la letra escarlata, la llevo por lo bonito que lucen sus hilos de oro.
En todos los siete años ya transcurridos, jamás Ester había mostrado falsedad alguna respecto al símbolo que ostentaba su pecho, excepto en aquel momento, como si á pesar de su constante vigilancia hubiese penetrado en su corazón una nueva enfermedad moral, ó alguna otra de antigua fecha no hubiera sido expulsada por completo. En cuanto á Perla, la seriedad de su rostro ya había desaparecido.
Pero la niña no se dió por vencida en el asunto de la letra escarlata; y dos ó tres veces, mientras regresaban á su morada, y otras tantas durante la cena, y cuando su madre la estaba acostando, y aun una vez después que parecía estar ya durmiendo, Perla con cierta malignidad en las miradas de sus negros ojos, continuó su pregunta:
—Madre, ¿qué significa la letra escarlata?
Y la mañana siguiente, la primera señal que dió la niña de estar despierta fué levantar la cabecita de la almohada y hacer la otra pregunta que de tan extraño modo había asociado á la letra escarlata:
—Madre, madre, ¿por qué tiene siempre el ministro la mano sobre el corazón?
—Cállate, niña traviesa,—respondió la madre con una aspereza que nunca había empleado hasta aquel momento.—No me mortifiques más, ó te encerraré en un cuarto obscuro.