Pero al intentarlo, el rayo de sol desapareció; ó, á juzgar por la brillantez con que irradiaba el rostro de Perla, su madre podía haberse imaginado que la niña lo había absorbido, y lo devolvería luego iluminando la senda por donde iban, cuando de nuevo penetrasen en los parajes sombríos de la selva. Ninguno de los atributos de su tierna hija le causaba á la madre tanta impresión como aquella vivacidad constante de espíritu, reflejo quizás de la energía con que Ester había luchado combatiendo sus íntimos dolores antes del nacimiento de Perla. Era ciertamente un encanto dudoso, que comunicaba al carácter de la niña cierto brillo metálico y duro. Necesitaba un dolor profundo para humanizarse y hacerse capaz de sentir compasión. Pero Perla tenía tiempo sobrado para ello.
—Ven, hija mía,—dijo Ester;—vamos á sentarnos en el bosque y á descansar un rato.
—Yo no estoy cansada, madre,—replicó la niña; pero tú puedes sentarte si quieres, y entretanto contarme un cuento.
—Un cuento, niña,—dijo Ester,—y ¿qué clase de cuento?
—¡Ah! algo acerca de la historia del Hombre Negro,—respondió asiéndola del vestido y mirándola con expresión entre seria y maliciosa.—Díme cómo recorre este bosque llevando bajo el brazo un libro grande, pesado, con broches de hierro; y como este Hombre Negro y feo ofrece su libro y una pluma de hierro á todos los que le encuentran aquí entre los árboles, y como también todos tienen que escribir sus nombres con su propia sangre. Y entonces les hace una señal en el pecho. ¿Has encontrado alguna vez al Hombre Negro, madre?
—Y ¿quién te ha contado esta historia, Perla?—preguntó la madre reconociendo una superstición muy común en aquella época.
—Aquella señora vieja que estaba sentada en un rincón junto á la chimenea en la casa donde estuviste velando anoche,—dijo la niña. Ella me creía dormida mientras estaba hablando de eso. Dijo que mil y mil personas lo habían encontrado aquí, y habían escrito en su libro, y tenían su marca en el pecho. Y una de las que lo han visto es esa mujer de tan mal genio, la anciana Señora Hibbins. Y, madre, dijo también que esa letra escarlata que tú tienes es la señal que te puso el Hombre Negro, y que brilla como una llama roja cuando lo ves á media noche, aquí, en este bosque obscuro. ¿Es verdad, eso, madre? ¿Y es verdad que tú vas á verle de noche?
—¿Te has despertado alguna vez sin que me hayas visto junto á tí?—le preguntó Ester.
—No lo recuerdo,—dijo la niña.—Si temes dejarme sola en nuestra choza, debes llevarme contigo. Mucho me alegraría acompañarte. Pero, madre, dime ahora, ¿existe semejante Hombre Negro? ¿Y lo has visto alguna vez? ¿Y es ésta su señal?
—¿Quieres dejarme en paz, si te lo digo de una vez?—le preguntó su madre.