—Calla ahora, mi querida Perla,—le contestó su madre en voz baja,—no debemos hablar siempre en la plaza del mercado de lo que nos acontece en la selva.

—No puedo estar segura de que sea él, ¡tan diferente me parece!—continuó la niña;—de otro modo habría corrido hacia él y le hubiera pedido que me besara ahora, delante de todo el mundo, como lo hizo allá, bajo aquellos árboles sombríos. ¿Qué habría dicho el ministro, madre? ¿Se habría llevado la mano al corazón, riñéndome y ordenándome que me alejara?

—¿Qué otra cosa podría haber dicho, Perla,—respondió su madre,—sino que no era esta la ocasión de besar á nadie, y que los besos no deben darse en la plaza del mercado? Perfectamente hiciste, locuela, en no hablarle.

Hubo otra persona que expresó igualmente sus ideas acerca del Sr. Dimmesdale. Esta persona era la Sra. Hibbins, cuyas excentricidades, ó mejor dicho, locura, la llevaban á hacer lo que pocos de la población se hubieran atrevido á realizar, esto es: sostener una conversación, delante del público, con la portadora de la letra escarlata. Vestida con gran magnificencia, con un triple cuello alechugado, talle bordado, bata de rico terciopelo y apoyada en un bastón de puño de oro, había salido á ver la procesión cívica. Como esta anciana señora tenía la fama (que después le costó la vida) de ser parte principal en todos los trabajos de nigromancia que continuamente se estaban ejecutando, la multitud le abrió paso franco y se apartó de ella, pareciendo temer el contacto de sus vestidos, como si llevaran la peste oculta entre sus primorosos pliegues. Vista en unión de Ester Prynne,—á pesar del sentimiento de benevolencia con que muchos miraban á esta última,—el terror que de suyo inspiraba la Sra. Hibbins se aumentó y dió lugar á un alejamiento general de aquel sitio en que se encontraban las dos mujeres.

—¿Qué imaginación mortal podría concebirlo?—dijo la anciana en voz baja, confidencialmente, á Ester.—¡Ese hombre religioso, ese santo en la tierra como el pueblo lo creía, y como realmente lo parece! ¿Quién que le vió ahora en la procesión podría pensar que no hace mucho que salió de su estudio,—apostaría que murmurando algunas frases de la Biblia en hebreo,—á dar una vuelta por la selva? ¡Ah! Nosotras, Ester Prynne, sabemos lo que eso significa. Pero, en realidad de verdad, no puedo resolverme á creer que ese sea el mismo hombre. He visto marchando detrás de la música á más de un eclesiástico que ha bailado conmigo cuando Alguien, que no quiero nombrar aquí, tocaba el violín, y que tal vez sea un hechicero indio ó un brujo laponés que nos saluda y estrecha las manos en otras ocasiones. Pero eso es una bicoca, para quien sabe lo que es el mundo, ¿Pero este ministro? ¿Podrás decirme con seguridad, Ester, si es el mismo hombre á quien encontraste en el sendero de la selva?

—Señora, no sé de qué me estáis hablando,—respondió Ester, conociendo, como conocía, que la dama Hibbins no tenía todos sus sentidos cabales, pero sorprendida en extremo, y hasta amedrentada, al oir la seguridad con que afirmaba las relaciones personales que existían entre tantos individuos (entre ellos Ester misma) y el enemigo malo.—No me corresponde á mí hablar con ligereza de un ministro tan piadoso y sabio como el Reverendo Sr. Dimmesdale.

—¡Ja! ¡ja! ¡mujer!—exclamó la anciana señora alzando el dedo y moviéndolo de un modo significativo.—¿Crees tú que después de haber ido yo á la selva tantas veces, no me sería dado conocer á los que han estado también allí? Sí; aunque no hubiera quedado en sus cabellos ninguna hojita de las guirnaldas silvestres con que se adornaron la cabeza mientras bailaban. Yo te conozco, Ester; pues veo la señal que te distingue entre todas las demás. Todos podemos verla á la luz del sol; pero en las tinieblas brilla como una llama rojiza. Tú la llevas á la faz del mundo; de modo que no hay necesidad de preguntarte nada acerca de este asunto. ¡Pero este ministro!... ¡Déjame decírtelo al oído! Cuando el Hombre Negro ve á alguno de sus propios sirvientes, que tiene la marca y el sello suyo, y que se muestra tan cauteloso en no querer que se sepan los lazos que á él le ligan, como sucede con el Reverendo Sr. Dimmesdale, entonces tiene un medio de arreglar las cosas de manera que la marca se ostente á la luz del día y sea visible á los ojos de todo el mundo. ¿Qué es lo que el ministro trata de ocultar con la mano siempre sobre el corazón? ¡Ah! ¡Ester Prynne!

—¿Qué es lo que oculta, buena Sra. Hibbins?—preguntó con vehemencia Perla.—¿Lo has visto?

—Nada, querida niña,—respondió la Sra. Hibbins haciendo una profunda reverencia á Perla.—Tú misma lo verás algún día. Dicen, niña, que desciendes del Príncipe del Aire. ¿Quieres venir conmigo una noche que sea hermosa á visitar á tu padre? Entonces sabrás por qué el ministro se lleva siempre la mano al corazón.

Y riendo tan estrepitosamente, que todos los que estaban en la plaza del mercado pudieron oirla, la anciana hechicera se separó de Ester.