Se detuvo en el umbral, y dirigió una mirada en torno suyo,—porque tal vez la idea de entrar sola, y después de tantos cambios, en aquella morada en que también había padecido tanto, fué algo más triste y horrible de lo que ella podía soportar. Pero su vacilación, aunque no duró sino un instante, fué lo suficiente para dejar ver una letra escarlata en su pecho.
Ester Prynne había, pues, regresado y tomado de nuevo la divisa de su ignominia, ya largo tiempo dada al olvido. ¿Pero dónde estaba Perlita? Si aún vivía, se hallaba indudablemente en todo el brillo y florescencia de su primera juventud. Nadie sabía, ni se supo jamás á ciencia cierta, si la niña duende había descendido á una tumba prematura, ó si su naturaleza tumultuosa y exuberante se había calmado y suavizado, haciéndola capaz de experimentar la apacible felicidad propia de una mujer. Pero durante el resto de la vida de Ester, hubo indicios de que la reclusa de la letra escarlata era objeto del amor é interés de algún habitante de otras tierras. Se recibían cartas estampadas con un escudo de armas desconocidas en la heráldica inglesa. En la cabaña consabida había objetos y artículos de diversa clase, hasta de lujo, que nunca se ocurrió á Ester usar, pero que solamente una persona rica podría haber comprado, ó en los que podría haber pensado sólo el afecto hacia ella. Se veían allí bagatelas, adornos, dijes, bellos presentes que indicaban un recuerdo constante y que debieron de ser hechos por delicados dedos, á impulsos de un tierno corazón. Una vez se vió á Ester bordando un trajecito de niño de tierna edad, con tal profusión de oro, que casi habría dado origen á un motín, si en las calles de Boston se hubiera presentado un tierno infante con un vestido de tal jaez.
En fin, las comadres de aquel tiempo creían, y el administrador de aduana Sr. Pue, que investigó el asunto un siglo más tarde, creía igualmente,—y uno de sus recientes sucesores en el mismo empleo cree también á puño cerrado, que Perla no solo vivía, sino que estaba casada, era feliz, y se acordaba de su madre, y que con el mayor contento habría tenido junto á sí y festejado en su hogar á aquella triste y solitaria mujer.
Pero había para Ester Prynne una vida más real en la Nueva Inglaterra, que no en la región desconocida donde se había establecido Perla. Su culpa la cometió en la Nueva Inglaterra: aquí fué donde padeció; y aquí donde tenía aún que hacer penitencia. Por lo tanto había regresado, y volvió á llevar en el pecho, por efecto de su propia voluntad, pues ni el más severo magistrado de aquel rígido período se lo hubiera impuesto, el símbolo cuya sombría historia hemos referido, sin que después dejara jamás de lucir en su seno. Pero con el transcurso de los años de trabajos, de meditación y de obras de caridad que constituyeron la vida de Ester, la letra escarlata cesó de ser un estigma que atraía la malevolencia y el sarcasmo del mundo, y se convirtió en un emblema de algo que producía tristeza, que se miraba con cierto asombro temeroso y sin embargo con reverencia. Y como Ester Prynne no tenía sentimientos egoístas, ni de ningún modo vivía pensando solo en su propio bienestar y satisfacción personal, las gentes iban á confiarle todos sus dolores y tribulaciones y le pedían consejo, como á persona que había pasado por pruebas severísimas. Especialmente las mujeres, con la historia eterna de almas heridas por afectos mal retribuidos, ó mal puestos, ó no bien apreciados, ó en consecuencia de pasión errada ó culpable,—ó abrumadas bajo el grave peso de un corazón inflexible, que de nadie fué solicitado ni estimado,—estas mujeres eran las que especialmente iban á la cabaña de Ester á consultarla, y preguntarle por qué se sentían tan desgraciadas y cuál era el remedio para sus penas. Ester las consolaba y aconsejaba lo mejor que podía, dándoles también la seguridad de su creencia firmísima de que algún día, cuando el mundo se encuentre en estado de recibirla, se revelará una nueva doctrina que establezca las relaciones entre el hombre y la mujer sobre una base más sólida y más segura de mutua felicidad. En la primera época de su vida Ester se había imaginado, aunque en vano, que ella misma podría ser la profetisa escogida por el destino para semejante obra; pero desde hace tiempo había reconocido la imposibilidad de que la misión de dar á conocer una verdad tan divina y misteriosa, se confiara á una mujer manchada con la culpa, humillada con la vergüenza de esa culpa, ó abrumada con un dolor de toda la vida. El ángel, y al mismo tiempo el apóstol de la futura revelación, tiene que ser indudablemente una mujer, pero excelsa, pura y bella; y además sabia y cuerda, no como resultado del sombrío pesar, sino del suave calor de la alegría, demostrando cuán felices nos puede hacer el santo amor, mediante el ejemplo de una vida dedicada á ese fin con éxito completo.
Así decía Ester Prynne dirigiendo sus tristes miradas á la letra escarlata. Y después de muchos, muchos años, se abrió una nueva tumba, cerca de otra ya vieja y hundida, en el cementerio de la ciudad, dejándose un espacio entre ellas, como si el polvo de los dos dormidos no tuviera el derecho de mezclarse; pero una misma lápida sepulcral servía para las dos tumbas. Al rededor se veían por todas partes monumentos en que había esculpidos escudos de armas; y en esta sencilla losa,—como el curioso investigador podrá aún discernirlo, aunque se quede confuso acerca de su significado, se veía algo á semejanza de un escudo de armas. Llevaba una divisa cuyos términos heráldicos podrían servir de epígrafe y ser como el resumen de la leyenda á que damos fin: sombría, y aclarada solo por un punto luminoso, á veces más tétrico que la misma sombra:—
"EN CAMPO, SABLE, LA LETRA A, GULES."[18]
FIN.
“La Isla del Tesoro.—Es una sabrosa narración con un niño por héroe, con peripecias dramáticas y conmovedoras. Conserva en toda ella una pureza y una sencillez muy dignas, que la darán franca entrada en el hogar doméstico más severo.”—La Ilustración Española y Americana, Madrid.
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