«Aquí tenéis el cepillo de las ofrendas. Ofrece una particularidad: es de cristal para que aquellas fuesen públicas. Así se estimulaba la largueza de los fieles, se ponía de manifiesto la ruindad de los avaros, y se fiscalizaba a los servidores del culto. ¡Elocuente testimonio de la previsión prehistórica!»
(Saca la caja de vidrio y hoja de lata donde la aguadora guardaba los azucarillos.)
«En el seno de la comisión investigadora han surgido dudas respecto de la procedencia de esta momia humana. Algunos dignísimos individuos, en vista del color negro del pelo y de la barba, sostenían que aquella era originaria de un clima caliente, o por lo menos templado. Otros, no menos respetables por su saber y acreditada competencia en materias antropológicas, objetaban, fundándose en las prendas de vestir y en el sitio donde fue hallada, que procedía de un país septentrional. Varios conciliaban las opuestas opiniones con este razonamiento: “Esta momia perteneció a una casta sacerdotal; las clases sacerdotales residían en las zonas templadas más civilizadas, donde debieron tener su origen, y acaso enviaban misioneros a los pueblos menos cultos del Norte. ¿No podría ser por lo tanto un hombre meridional que se encontrase accidentalmente ejerciendo sus funciones sagradas en una comarca extraordinariamente fría?” Cuando era más acalorada la controversia, vino a darle término un feliz hallazgo, poniendo de acuerdo los contrarios pareceres. La momia tuvo el pelo y la barba rubios, como suelen tenerlo los hijos del Norte, pero se teñía de negro. Sí, señores, se teñía de negro, y llevaba consigo una bolsa con varios artículos de tocador. Helos aquí: un peine, un cepillo, y en una cajita el cosmético. ¡Señores, qué adquisición! ¡El cosmético fósil!»
(Y presenta la caja de betún hallada en la bolsa de trastes del exdragón de Montesa.)
«Pero como si no bastaran tantas riquezas, la suerte nos deparaba un objeto de más valor: un ejemplar numismático. ¡El único, prehistórico, que existe en el mundo! Es una medalla de cobre. En el anverso hay una matrona sentada, con el brazo extendido en actitud enérgica, y en el reverso un arrogante león con las manos levantadas haciendo equilibrios, apoyándose en un aro. Todos vosotros habréis adivinado el objeto y significación de esta preciosa y sin igual reliquia arqueológica, que hemos clasificado así: Medalla conmemorativa de una domadora de leones.»
(Y el docto auditorio admira aquel prodigio numismático, y el Museo Arqueológico se enriquece con el último perro chico de la pobre España.)