Al estupor, primer impulso de resistencia que oponemos a la sorpresa, sucedió el pánico, el terrible pánico que se manifiesta de pronto en los espíritus débiles, hace vacilar los fuertes, y perturbando la razón, cunde y se propaga por todas partes con la rapidez del rayo.

Eran las diez de la mañana, y la pluma se resiste a describir el conmovedor o imponente espectáculo que ofrecía la ciudad condal.

Confusa, revuelta y varia multitud de gentes a las cuales el común peligro contagiaba el espanto, corría desolada y despavorida buscando en los vecinos montes momentáneo refugio a la próxima o inevitable catástrofe.

Aquí una madre, indiferente al propio y general peligro y solo atenta a la salvación del tierno fruto de sus entrañas, lo apretaba en sus brazos y huía jadeante a todo el correr de sus débiles fuerzas. Allí un enfermo demacrado, a quien se las prestaba el supremo instinto de conservación, pugnaba con vacilante paso por seguir a la muchedumbre fugitiva. Más allá un fuerte mancebo cargaba sobre sus robustos hombros el cuerpo inerte de decrépito y paralítico anciano, y con la pesada carga se esforzaba en vano en aligerar los pies. Un viejo devorado por la avaricia se encerraba en su casa atrancando la puerta, resuelto a perder la vida antes que abandonar el escondido tesoro; que a tales aberraciones conduce la senil pasión de la riqueza. En la puerta de un cuartel permanecía firme en su puesto el centinela, más temeroso de la ordenanza que de la muerte. Numerosas personas, juzgándola inevitable, caían de rodillas en mitad de la calle, y elevando sus suplicantes ojos al cielo imploraban su postrer auxilio. Acudían otras presurosas a los templos buscando bajo sus sagradas bóvedas el supremo refugio de la esperanza. Atronaban el espacio los gritos de desesperación lanzados por millares de mujeres, en tanto que los hombres, silenciosos y cabizbajos, pretendían inútilmente oponer la viril energía a las ruidosas expansiones del dolor. Las autoridades, sorprendidas por el inesperado suceso, cruzábanse de brazos luchando con la perplejidad y la impotencia. A toda prisa los buques zarpaban en el puerto haciendo rumbo a alta mar, porque, a semejanza de lo que sucedió en el Callao, corrían peligro de ser arrojados por la enorme ola a dos o tres kilómetros tierra adentro. Desordenadas masas atropellábanse en agitado remolino para tomar al asalto trenes, tranvías, ómnibus y cuantos medios de transporte facilitasen la fuga. Por todas partes movimiento, confusión, desenfreno, voces ensordecedoras, la lucha brutal y egoísta por la existencia y el paroxismo de la locura del pánico.

A la una de la tarde la mayoría de los habitantes de Barcelona y de su llano coronaban los montes que, formando grandioso anfiteatro, lo circundan, ciñen y rodean desde Montjuich hasta Moncada.

Faltaban cinco minutos; se acercaba el momento supremo; los corazones latían con violencia; los ojos, como fascinados por el mar, fijábanse en su tersa y tranquila superficie, sobre la cual rielaban los brillantes rayos del sol, y profundo, imponente y aterrador silencio reinaba en medio de la atónita y suspensa muchedumbre.

Era un hermoso y espléndido día de primavera. Ni una nube en el transparente y claro azul del cielo, ni un soplo de aire moviendo blandamente las hojas de los árboles. Todo reposo y calma en la apacible e indiferente naturaleza; todo zozobra, inquietud y miedo en los atribulados espíritus.

Mas cuando la aterrada multitud esperaba sentir de pronto temblar el suelo y conmoverse el firmamento; oír el formidable estampido del trueno en el abismo, y el prolongado fragor de edificios que repentinamente vacilan sobre sus cimientos, se desploman, caen y derrumban; y ver la tierra convertida en trágico teatro de desolación y ruina, y el mar, rompiendo sus naturales lindes, envolver, sumergir y arrasar con el flujo y reflujo de sus turbulentas olas la gran ciudad, orgullo de sus hijos, gloria de España y admiración del mundo, estremecieron el aire voces infantiles, que en diversos puntos sin cesar gritaban:

«¡El Extraordinario, con el último parte del doctor Puff!»

La gente arrebataba de manos de los vendedores el delgado papel, y leía el siguiente despacho telegráfico: