Y dirigiéndose a Nuestra Señora, añadió:
—¡Gracias, oh tú, la más bendita de las mujeres!
—Ve conmigo, y hasta la vuelta.
—Adiós, Santiago —dijo la Reina de los Ángeles.
Y el Apóstol, haciendo genuflexiones, salió del salón del Trono, acompañado del Arcángel San Rafael, Grande del Paraíso, de primera clase, ayudante de campo de su Divina Majestad e introductor de Santos.
II
A pie salió esta vez de la celeste mansión el abogado de España, y emprendiendo el camino del sistema solar, echó una ojeada a los diferentes planetas que giran en torno del astro del día. Pronto distinguió al nuestro por la luz azulada que despide, y dirigiendo a él sus pasos, detúvose a cosa de 20.000 kilómetros de buen andar, del término de su cósmico viaje. A distancia semejante, parecía el globo terrestre tan grande como la bóveda del cielo vista desde una eminencia de la Tierra. En aquella sazón, puesto el Santo de espaldas al sol, vio ante sí el hemisferio del Nuevo Continente, que destacábase brillante en medio de las manchas oscuras formadas por los Océanos Atlántico y Pacífico. América parecía un inmenso pie, cuya punta amenazaba al Mundo Antiguo,
el cual asomó después por la izquierda. Aparecieron primero: hacia el Norte la Rusia asiática, al Sur la Australia y Nueva Guinea en el Ecuador, luego el Japón y las islas Filipinas, y sucesivamente China, Borneo, los Estrechos, la Indo-China, el Indostán, la Arabia y la costa oriental de África.