El ancho de la vía era de seis metros y el de los coches de nueve. Los carriles de aluminio asentábanse sobre largueros de madera revestida de una materia elástica que amortiguaba el ruido y la trepidación del tren en movimiento. Seguía casi siempre el trayecto la línea recta, sin grandes desmontes ni terraplenes y con cortos túneles, porque las perfeccionadas máquinas de tracción salvaban con facilidad las más agrias pendientes.

Lujo artístico y comodidad refinada reinaban en aquel suntuoso recinto. Ricas y exóticas maderas talladas, obra de célebres escultores, ostentaba en sus muebles el comedor; del techo pendían riquísimas lámparas de cristal de roca que reflejaban los rayos de centenares de luces eléctricas; el servicio de mesa era de Sèvres con elegantes pinturas, representando los principales paisajes de la línea; los asientos y respaldos de las sillas, de fino tafilete maqueado; los manjares y los vinos, delicados aquellos y exquisitos estos; las fuentes y las botellas, movidas por misterioso artificio, circulaban profusamente por la mesa, deslizándose sobre carriles de plata; las dulces notas de los cantores y de la orquesta de una ópera que en aquel momento se representaba en el teatro de Apolo de Roma, reproducidas por un megáfono, recreaban el oído de los viajeros durante la hora de la comida; la aguja de un cuadrante colocado en la pared señalaba los kilómetros recorridos y las estaciones por donde pasaba el tren; un termómetro automático, combinado con caloríferos y frigoríferos, mantenía siempre la misma temperatura dentro de los coches; un reloj señalaba la hora del meridiano de Madrid en una esfera, y en otra, por ingenioso mecanismo, la que correspondía al punto donde nos hallábamos; en fin, cuanto pudo imaginar el espíritu utilitario, el gusto artístico y el genio de la invención para comodidad, deleite y regalo del viajero, estaba encerrado en el palacio ambulante que con rapidez vertiginosa recorría llanuras, cruzaba valles, vadeaba ríos y salvaba montañas, sin notarse apenas el acompasado ruido de las ruedas, ni la estridente vibración de los rieles, ni los vaivenes de las curvas, ni los saltos del paso de agujas, ni ninguna de aquellas innumerables molestias de los primitivos y rudimentarios ferrocarriles.

El salón que seguía al comedor superaba a este en magnificencia. Durante el día la luz cenital y durante la noche potentes focos eléctricos, velados por cristales opacos ligeramente sonrosados, prestaban a todos los objetos un aspecto mágico y sorprendente. En las paredes alternaban los tapices antiguos, venerables restos de las pasadas grandezas de la sangre, hoy al servicio de la aristocracia del capital, con los cuadros de los más célebres pintores contemporáneos, llenos de riqueza de detalles, sentidos de color y rebosando vida y movimiento. El piso, compuesto de la reunión de pequeños fragmentos de madera de diversas clases y múltiples y brillantes colores, constituía uno de los más notables mosaicos que vieron jamás los afamados talleres de Roma. Anchas y cómodas butacas articuladas, de dorado cuero cordobés unas, de seda suave o de terciopelo finísimo otras, convidaban al descanso del cuerpo y a la plácida y reparadora somnolencia del espíritu. Ocultos resortes que cedían al menor esfuerzo daban a estos muebles la inclinación o la postura que de ellos solicitaba el viajero. Destacábase en el centro un gran velador de malaquita con incrustaciones de oro, representando las armas de los zares, despojo que arrojó al mercado la revolución de Rusia del siglo XX y mudo testigo del incendio y el saqueo del palacio de Invierno por la enfurecida plebe. ¡Inestable fortuna! Todo cambia de destino, todo obedece a la eterna ley de la evolución. ¡De las ricas joyas y preciados ornamentos de la corte imperial no queda más que lo útil al servicio tal vez del primer advenedizo!

Inmediata al salón, hallábase la biblioteca, iluminada como aquel por luz cenital. Llenaban los estantes centenares de volúmenes colocados por orden de materias, manuales casi todos, de esmerada y clara impresión y con numerosos grabados intercalados en el texto. En sitio preferente veíanse las Enciclopedias y el Diccionario ilustrado de la Academia Española, notable por las viñetas y cromos que daban clara idea de los vocablos que permitían su representación gráfica. En dos de los ángulos de la biblioteca veíanse dos globos, terráqueo el uno y celeste el otro, ambos de metro y medio de diámetro y transparentes; luces eléctricas interiores permitían durante la noche observar los menores detalles. Un mecanismo también eléctrico hacía girar al celeste, dando una revolución cada veinticuatro horas. Al mismo tiempo producía un movimiento de inclinación en correspondencia con la latitud geográfica del tren. La otra esfera tenía también movimiento de inclinación y traslación, presentando en su parte superior el punto de la tierra en que se encontraba el viajero. Atriles mecánicos destinados a los lectores, sin más trabajo para estos que oprimir un pedal, doblaban automáticamente las hojas de los libros. Lo más peregrino empero era el Diccionario-fonógrafo. Tenía este aparato un teclado con todas las letras del alfabeto, y bastaba oprimir la correspondiente a una palabra para que el fonógrafo recitase en el acto la definición del vocablo. Sobre una mesa estaba puesto otro fonógrafo en relación con los alambres exteriores, merced a los cuales el tren comunicaba con la red universal telefónica. En dicho aparato, que hacía las veces de periódico, se imprimían silenciosamente noticias del mundo entero, y a voluntad del viajero funcionaba para reproducirlas. Me acerqué al Noticiero parlante, que así se llamaba aquella ingeniosa máquina, y vi que tenía una serie de botoncitos, junto a cada uno de los cuales se leía en letras de metal: Europa, Asia, África, América, Oceanía, Bolsas, Mercados, Miscelánea. Oprimí el primer botón, y el fonógrafo habló de esta manera:

«Madrid, 8 noche. — La Academia Española abre un certamen para premiar el mejor discurso parlamentario. Se preferirá el de estilo más lacónico. No se admiten solecismos.»

«París, 8,35 noche. — La Cámara de Diputados ha aprobado una proposición eximiendo a sus individuos del deber de asistir a las sesiones. Podrán hablar desde sus casas por medio del fonógrafo parlamentario. Habrá aparatos especiales para uso de los diputados que quieran interrumpir al orador.»

«Londres, 8,15 noche. — Se está desguazando el último blindado de vapor que conservaba como reliquia la Marina inglesa. Era un pequeño buque de 18.000 toneladas, que solo podía navegar a flote.»

«Roma, 9 noche. — La Sociedad Universal de Teléfonos y Fonógrafos abre un abono a audiciones perpetuas de ópera. La diferencia de meridiano de las diferentes ciudades del mundo donde se representan esta clase de espectáculos, permite a la Compañía ofrecer esta ventaja al público.»

«Viena, 9,30 noche. — La cuestión de los Balkanes...»