Entretanto, las márgenes de Río Grande del Norte eran teatro de las más encarnizadas batallas que vieron los siglos. Todos los medios de destrucción que el moderno arte de la guerra arrancó a la ciencia y a la industria, se juntaron allí: cañones de 300 toneladas; proyectiles explosivos con substancias hasta entonces desconocidas; máquinas eléctricas arrastrando las piezas; verdaderas fortificaciones ambulantes que marchaban sobre rieles, a medida que lo exigía el ataque o la defensa;

reductos cubiertos que se ocultaban y a voluntad salían a flor de tierra para disparar su artillería; trincheras que parecían montañas, y montañas que allanaba el asiduo trabajo de zapa y el incesante reventar de las minas. La guerra cuerpo a cuerpo no puede existir en manera alguna; la infantería y la caballería han desaparecido, pero no el recuerdo de sus bizarras empresas, en que en tan alto grado campeaba el valor individual. La lucha ya no es de hombres contra hombres, sino de máquinas contra máquinas. Imposibles las batallas a campo raso y sobre la superficie de los mares; la guerra, según una frase del general ruso Arbaff, se convierte en subterránea y submarina.

Vencidos los Estados Unidos en esta memorable campaña, viéronse obligados a firmar un tratado de paz, comprometiéndose al pago de una indemnización de diez mil millones de pesos, que se repartieron los aliados; a limitar sus fuerzas navales y terrestres, y a devolver a México los territorios que inicuamente le usurparon en el siglo XIX.

Entonces los Estados de la América latina, para afianzar su independencia y oponer inquebrantable valladar a la invasión de la raza anglo-sajona, pactaron la confederación sin el predominio de ninguno, y conservando todos sus leyes o instituciones particulares.

Bajo estos auspicios se abre una nueva era de paz y prosperidad; y como si los progresos en el orden material, obtenidos durante los siglos XIX y XX, no fueran bastantes a satisfacer las aspiraciones de la humanidad, en los albores del XXI se descubre al fin, con éxito completo y admirable, la dirección de los aeróstatos, con lo cual resultan inútiles los aluminio-carriles para el transporte de viajeros.

LA VERDAD DESNUDA


RELACIÓN DE UN TRAPERO