—Hacéis mal. Después de esto, vuestra posición respecto del señor de Lerne después de vuestro duelo, os impone ciertas atenciones particulares.
—Es justo; pero, ¿cómo tener valor para alejarme?
—A propósito—interrumpió la señora de Maurescamp—. ¿Cuál ha sido el motivo de este duelo? ¿Puede saberse?
—¡Oh! nada, habladurías.
—¿Habladurías? ¿Qué habladurías?
—Una palabra hiriente que me refirieron.
—¡Ah! ¿Qué palabra? ¿No queréis decírmela? ¿Preferís que yo la adivine?
—¿Entonces lo sabéis?—dijo Monthélin.
—Sí, la sé—contestó.
—Qué torpeza, ¿eh?