—Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la mañana, eso es lo que hay.
Ella juntó sus manos haciéndolas chocar con estrépito, y continuó mirándole, con los labios entreabiertos como excitando.
—Hace mucho tiempo—replicó Maurescamp jurando e irritándose a sí mismo con la violencia de su lenguaje—; hace mucho que me están ustedes provocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridículo... eso va a concluir.
—Es usted un desgraciado loco—dijo Juana con dulzura—. Yo no tengo amante... pero sepamos... ¿qué es lo que quiere decir? ¿Ya a provocar en duelo al señor de Lerne?
—No hay que provocar, es cosa hecha—contestó con el mismo acento de fanfarronería grosera—; mañana nos batimos.
La joven volvió a juntar sus manos, y dejó oír un gemido sordo.
Su marido pareció apercibirse de su brutalidad, y prosiguió precipitando las palabras y casi balbuciente:
—Es claro que no tenía la intención de prevenirle... eso no entra en mis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... me precipita... Es él a más quien ha colmado la medida esta noche... Continuar haciendo la corte públicamente a la esposa cuando se bate al día siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.
—El señor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca—dijo Juana con energía—, al menos como usted lo comprende. Su honor, es usted quien lo ha comprometido; su duelo con el señor de Lerne sería una locura... una mala acción... un crimen... porque, se lo juro por Dios y por la vida de mi hijo... que jamás ha sido para mí otra cosa que mi amigo.
—¡Se entiende!—replicó Maurescamp en tono de burla—. ¡Vamos, creo que esto es ya bastante y aún demasiado! Y dio algunos pasos hacia la puerta.