—¡Ya veremos!—contestó Maurescamp con bastante sequedad.
Juana había asistido aquella mañana, como tenía por costumbre, a la lección de esgrima. Al salir notábase en ella un aire grave y meditabundo que no le era habitual desde que había empezado su nueva existencia. Todo el día estuvo pensativa.
A la mañana siguiente, no faltó a la cita.
El señor de Maurescamp y de Sontis emprendieron un asalto, al cual la pequeña escena del día anterior daba un interés excepcional. La curiosidad de los espectadores estaba en extremo sobreexcitada; pero la de la señora de Maurescamp había llegado al último grado, y la expresión de su rostro, mientras seguía las fases y peripecias de la lucha, demostraba su interés, o más bien una ansiedad que no estaba en armonía con las circunstancias.
Aquel asalto fue un desastre para el señor de Maurescamp. El joven oficial de cazadores, aunque muy inferior en fuerza muscular, poseía, a pesar de su débil apariencia, un temple de acero. Hacía mucho tiempo ya que era reputado maestro en punto a esgrima, y no tardó en darse cuenta del lado débil y deficiente del manejo, por otra parte muy temible, del señor de Maurescamp. Había notado que tenía en el asalto el defecto habitual de los hombres vigorosos y muy sanguíneos, es decir, la tendencia a fiar demasiado en su vigor, y aun a abusar inconscientemente de los efectos de fuerza. Dotado él mismo de una agilidad y precisión de mano incomparable, y tan seguro de su vista como de su mano, el señor de Sontis no daba entrada a su adversario; lo ofuscaba y deslumbraba con su rápido cambio, aprovechándose de los desvíos a los cuales se entregan siempre en la parada las espadas violentas, al lanzar desenganches de una rapidez fulminante. El señor de Maurescamp tenía ante sí una espada invisible e infatigable. No la sentía, puede decirse, sino cuando tocaba su pecho. En resumen, recibió en aquel asalto cinco o seis botonazos y no dio ninguno.
El amor propio muy irritable del señor de Maurescamp no le permitió declarar su inferioridad decisiva. Convino solamente en que aquel día no estaba en juego. Quiso renovar la prueba en los días siguientes; pero no obtuvo ninguna ventaja, y si consiguió dos o tres veces en otros asaltos consecutivos, hacer sentir el botón de su florete al señor de Sontis, todos creyeron ver en ello un acto de deferencia por parte del joven. En una palabra, el señor de Maurescamp, disgustado y herido, se abstuvo desde entonces con diferentes pretextos de dar asaltos por la mañana.
Las mujeres gustan de los valientes y victoriosos. Fue seguramente a consecuencia de este noble sentimiento, tan notable en las de su sexo, que la señora de Maurescamp pareció perdonar al joven oficial de cazadores su fea figura y mala reputación, y empezó muy visiblemente a honrar con su benevolencia a un hombre por el cual sólo había demostrado hasta entonces la más despreciativa indiferencia, y hasta aversión.
Por poco preparado que estuviese para aventuras de aquella importancia, no pudo dejar de comprender el señor de Sontis el carácter de las atenciones con que era favorecido. Mantúvose reservado, sin embargo, sea que habituado a los amores de soldado, se sintiera intimidado ante aquella dama elegante y distinguida, sea que sospechase (porque era muy suspicaz) algún lazo oculto en aquellas provocaciones, que tenía tal vez el buen sentido de conocer que no las merecía.
Por extraña que fuese la aventura, parecía no quedar duda sobre que aquella mujer tan atractiva, delicada y honesta, estaba enamorada de aquel mal sujeto, palidote y vulgar. Durante la última semana de la permanencia del joven en la Venerie, los síntomas de la loca pasión de Juana se revelaban cada vez más a las miradas curiosas de los celosos que la observaban. Admirábanse al mismo tiempo, de que aquel manejo tan significativo pasara inapercibido para aquel que tenía más interés en comprenderlo, es decir, para el barón de Maurescamp, que, sin embargo, había dado pruebas de susceptibilidad conyugal. Y tanto más se admiraban, cuanto que Juana ponía muy poco empeño en disimular; más bien era imprudente.
Con mucha frecuencia daba a su marido el espectáculo de sus apartes misteriosos con el señor de Sontis; elegía indiscretamente el momento en que su marido atravesaba el patio, para arrojar por la ventana alguna flor de su corpino al oficial de cazadores; quedábase atrás con él, en los paseos a caballo, perdíase en el bosque, y no volvía hasta el caer de la noche en momento en que el barón empezaba a impacientarse, cuando no a inquietarse. Finalmente, valsaba toda la noche con el capitán, hablándole con sonrisas y miradas incendiarias.