—Le va a hacer mal—exclamó el señor de Maurescamp;—tomad un cigarrillo.

—No, no, quiero un cigarro—dijo la joven cuyos ojos estaban algo empañados.

El señor de Maurescamp se encogió de hombros y quedó callado.

Juana encendió en un fósforo su cigarro y se puso a fumar con el mayor aplomo en medio de las aclamaciones de los asistentes.

Al cabo de algunos instantes:

—Es verdad—dijo,—¡esto me hace mal!

Y, volviéndose al capitán que estaba a su derecha, y quitándose el cigarro húmedo de sus labios:

—Tome—le dijo,—acábelo usted.

Aquel movimiento, aquellas sencillas palabras, pareció que habían petrificado a aquellos veinte convidados, tan animados y bulliciosos un momento antes. El silencio que se produjo fue tal, que podía oírse fuera de la sala, que parecía desierta, el murmullo del viento entre las ramas.

Todas las miradas, que primeramente se habían fijado en Juana, volviéronse a su marido, sentado frente a ella.