—Con usted, señora, es bien fácil ser complaciente—respondió Fabrice sonriendo con tristeza—. Vamos, hable usted.

Y le acercó una silla por cuanto advirtió que la vizcondesa estaba a punto de desfallecer.

—Señor Fabrice—comenzó aquélla después de un breve silencio—, me he enterado hoy de una cosa que me parece que tal vez le interese saber...

Y le entregó con la mano temblorosa la última carta que había recibido de Pierrepont acompañada del periódico americano en que se daba cuenta de su matrimonio.

Después de haber leído el pintor estos dos documentos, los devolvió fríamente a la señora de Aymaret.

—Gracias—le dijo el pintor con seca cortesía.

—Señor Fabrice—continuó aquélla cada vez más desconcertada y más conmovida—, tengo que entregarle aún otra carta... Le está personalmente dirigida.

—Veamos, señora.

Tomó en sus manos la misiva; era aquella que Pierrepont le escribió antes de su partida: véanse aquí sus términos:

«Antes de abandonar la Francia por mucho tiempo, aun para siempre si tú lo eliges, te relevo con la mayor sinceridad de la palabra que me has empeñado, rogándote en nombre de tu hija, suplicándote una y mil veces que conserves tu vida.