—No, hijo, ni aun de retrato.

—Bien, ya te he dicho que como retrato, sería... ¿cómo te diría yo?... sería... un poco ingrata.

—Ya trataré de conquistarla.

—Tendrás méritos si lo consigues.

—Hasta la vista, pues.

—Hasta la vista, adiós.

II

fabrice

¿Hay en el arte especial del pintor, en esa vida solitaria, semiclaustral que su profesión le impone, en esa afanosa carrera en pos de un tipo de absoluta belleza, jamás alcanzado, alguna secreta virtud que eleve su espíritu, que depure su moral personalidad? No lo sé, mas no me engañaría si asegurase que suelen encontrarse en los talleres del pintor, con más frecuencia que en cualquier otro sitio, esas almas candorosas y graves, esos corazones sencillos, rectos y altivos que tan alto hablan en honor de la humana especie; y sin que pretenda dar a mi observación la fuerza de una verdad axiomática, que sería irracional e injusta, puedo decir en conciencia, que pocos caracteres podrían compararse en nobleza con los de algunos artistas a quienes muy de cerca he conocido.

Los orígenes de Jacques Fabrice eran humildísimos.