—Es que sabía que estaba usted sólidamente apoyada por retaguardia—respondió el pintor riéndose—. Yo estoy obligado a guardarle más consideraciones, eso lo sabe ella muy bien, y temo que la tempestad que no ha hecho más que asomar para usted, estalle sobre mí.

—Debe, a no dudarlo, aguardar algunas impertinencias... pero, si en algo me estima usted, súfralas con resignación, a fin de no echar a perder las cosas, que no van saliendo del todo mal.

—Se lo prometo a usted, y aun desearía que la prueba fuese dura, puesto que por usted voy a soportarla.

—Muchas gracias... pero usted comprenderá que deseo, a ser posible, salir de esta casa sin escándalo.

Prolongóse aún un poco de tiempo la conversación entre ellos, y mientras paseaban por la avenida central del parque, Beatriz daba al artista algunos antecedentes sobre la persona de su tutor, a quien se proponía escribir en seguida y cuyo consentimiento no era dudoso; y habiendo llegado en esto la hora de sesión, para el retrato de la señora, Fabrice volvió al castillo, encontrándose momentos después cara a cara con aquélla.

La señora de Montauron ocupaba ya su sitial en el centro de la sala.

—Señora baronesa—comenzó el pintor—, la señorita Beatriz me ha dicho que tenía usted a bien aprobar la unión que tengo la audacia extremada de ambicionar... Mil gracias le doy a usted por mi parte, señora, con tanto mayor motivo cuanto que usted se priva en mi obsequio de una compañía, de una intimidad de quien nadie mejor que yo conoce el precio.

—¡Dios mío! ¿Qué quiere usted, señor Fabrice? Lo que hace la dicha de los unos constituye la desgracia de los otros... ¡Esa es la vida!... Siéntese usted. Hablaremos del particular mientras usted trabaja, puesto que eso no le molesta.

Fabrice se inclinó, instaló el caballete, tomó la paleta y se puso a pintar.

—Creo que necesitaremos dos sesiones todavía.