La baronesa de Montauron, en cuya casa vamos a penetrar, siguiendo los pasos de su sobrino el marqués de Pierrepont, era una mujer de mucho talento y gracia suma, pero sin corazón: había hallado, sin embargo, modo de crearse sólida reputación de alma generosa, recogiendo cierta joven huérfana, lejana pariente de su marido, la cual huérfana le servía de lectriz, de enfermera y aun un poco de doncella.

Beatriz de Sardonne, era hija del conde de su apellido a quien las carreras de caballos principiaron a arruinar, rematándolo la Bolsa; murió, pues, dejando a su hija con mil francos de renta, y dicho se está que mil francos de renta son la miseria o el convento. La señora de Montauron, que envejecía en tiempo y declinaba en salud, hacía fecha que pensaba en procurarse una señorita de compañía que aliviase el peso de su soledad y la carga de sus enfermedades. Deseaba, naturalmente, que dicha señorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa y nombre: quería también que la candidata tuviera buen carácter (circunstancia más que esencial, indispensable, créanos el lector, para estar a su lado). Exigía que fuera hermosa, a fin de que su presencia viniese a ser como un cebo para el sexo fuerte, de cuyos atractivos había sido siempre la baronesa devota fervientísima. La señorita de Sardonne parecía responder a la perfección a tan varias exigencias, puesto que era de ilustre cuna, perfecta distinción y soberana belleza, y aun hay quien dice que demasiado soberana en sentir de la baronesa, pero era necesario ser indulgente en algo, dado que las señoritas de compañía no pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la señorita de Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la hacía admirar era su magnífico aire: una reina. Ojos de obscuro purísimo azul, tez ligeramente morena, y al sonreír dos hoyuelos se abrían en sus mejillas. ¡Detalle por cierto encantador! Su traje tenía que ser por fuerza muy sencillo; casi siempre un vestido negro sin adornos; algunas veces lo cambiaba por otro tornasolado que modelaba finamente su soberbio busto de diosa, realzando cada uno de sus movimientos a un metálico rielar. Circunspecta por carácter y posición, no hablaba nunca más que para responder con breve urbanidad a las preguntas que se le dirigían, y obedecía, si no con paciencia, al menos con calma imperturbable las con frecuencia mortificantes órdenes y tiránicos caprichos de la baronesa: un imperceptible vertical pliegue entre los dos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas veces bruscamente, podía sólo dar testimonio de la secreta repugnancia que le causaba su casi servil situación.

Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio, tenía, cual fácilmente puede concebirse, numerosísimos y a veces no muy delicados apreciadores entre los jóvenes y viejos amigos de la casa, pero la grave decencia, la fría reserva de la señorita de Sardonne derrotaban presto tan sospechosos homenajes. Tal vez en la ingenuidad de su alma, en la tranquila conciencia de su belleza, pudo quizás ella creer que algunas de estas adoraciones eran dictadas por leales sentimientos, por confesables intenciones, mas con su rápida y fina penetración de mujer, no tardó en comprender que todos estos postulantes que sin respiro la asediaban, aspiraban a todo, menos a su mano, y esta convicción diariamente ratificada concluyó por añadir a la honda melancolía que minaba el corazón de la huérfana, la sensación cruel del más acerbo desprecio. Y además, aun cuando ella no hubiese tenido tan alto y merecido concepto de sí propia, aun cuando ella no hubiese sido la hija del conde de Sardonne, contra las asechanzas más o menos tácitas de que pudieran hacerla blanco, tenía nuestra interesante huérfana broquel más templado que el desprecio, escudo más noble todavía que el honor mismo, porque la señorita de Sardonne había ya hecho a alguien merced de su alma.

Es muy raro, en efecto, que una joven no haya escogido, aun desde la infancia, allá en el secreto de su pensamiento, al hombre a que daría su mano, si bien es cierto que sus secretos votos rara vez se realizarán al compás de su voluntad. Encuentra ella siempre entre las personas que frecuenta, una determinada, respondiendo perfectamente al ideal que la mujer se forja del marido, es decir, del novio, porque en esta dichosa edad las dos palabras son sinónimas. Apenas contaba doce años Beatriz de Sardonne, cuando ya paró mientes en la acogida excepcionalmente favorable que en su familia y sociedad se hiciera a cierto joven vecino del campo que pasaba en París los inviernos. Era evidente para la niña que sus tías, sus primas, su mamá misma se conmovían más que de ordinario cuando el susodicho anunciaba una de sus visitas, hasta el punto que la conversación, con frecuencia lánguida aun entre mujeres en el campo, animábase de súbito.

No podía dudarse que la próxima llegada del esperado huésped despertaba en aquellos femeniles corazones grata emoción, y hasta se corría a las ventanas para espiar su venida: en fin, cuando Pedro de Pierrepont aparecía con su aire de príncipe, haciendo caracolear su caballo en torno del césped del jardín, las señoras acudían radiantes al patio, mientras que la señorita de Sardonne, observando las cosas a través del follaje, sentía que su joven corazón se agitaba en su pecho con palpitaciones a su edad proporcionadas.

Las impresiones de la niña, creciendo con ella, fueron tomando de año en año más profundo y reflexivo carácter. El marqués de Pierrepont era universalmente considerado como el prototipo del caballero, del hombre seductor, pero para Beatriz fue más todavía, porque su educación, sus gustos, sus preocupaciones mismas, la predisponían más que a persona alguna a admirar aquella graciosa figura del gentilhombre, aquel ser, por decirlo así, de lujo, que parecía moldeado en diferente arcilla que los hombres humanos y creado únicamente para nobles ocupaciones y elegantes quehaceres: guerra, caza, letras, amor.

Los sentimientos de la señorita de Sardonne por Pedro de Pierrepont habíanse ido desenvolviendo poco a poco hasta llegar a la adoración, adoración que la niña guardaba cual en un santuario, en el más oculto rincón de su casto pecho, sin que Pedro lo sospechara siquiera, pues tenía por las jóvenes de la edad de Beatriz el desprecio propio en un hombre de su temple y años.

Próximamente diez y siete tenía la señorita de Sardonne cuando viéndose sus padres al borde del abismo, donde los restos de su fortuna iban a perderse, retiráronse bruscamente del mundo, no conservando relaciones sino con dos o tres muy íntimos amigos. El marqués de Pierrepont, después de dos o tres infructuosas tentativas para forzar la consigna, había creído delicado no insistir, así, pues, perdió de vista a esta familia, sabiendo luego su total naufragio y la muerte del conde y la condesa. En consecuencia, no volvió a ver a Beatriz hasta el momento de su entrada en casa de la señora de Montauron bajo los tristes auspicios de prima en la miseria, de señorita de compañía; de comodín, en fin. Muy lejos estaba ciertamente de sospechar el marqués que a él se debiera en gran parte, quizás en todo, que la señorita Sardonne hubiera preferido al convento la casa de la baronesa, pero era de un natural demasiado generoso para no sentirse conmovido ante tal infortunio, aun cuando él no se hubiera presentado de por sí bajo formas tan dramáticas y atractivas.

Observábase que ponía particular empeño en realzar a fuerza de respetuosas consideraciones la humillante situación de la huérfana; pero al mismo tiempo parecía como que evitaba toda clase de intimidad con ella, y lo que es más, manifestábale habitualmente una reserva vecina a la frialdad, cual si desconfiara ora de ella, ora de sí propio.

Tales eran las recíprocas relaciones de estas dos personalidades en los días en que Pierrepont llegó a la posesión de los Genets, precediendo en algunos a su amigo Jacques Fabrice.