—Asegúreme de antemano, querida amiga, que no he soñado lo que me confió usted anoche.
—Y no lo ha soñado usted... Ahora hablemos razonable y seriamente, si es posible. Le he libertado de una pesadilla que desgarraba su corazón... ha sido un poco a pesar mío, lo confieso... pero, en fin, creo que, eso no obstante, me guardará algún agradecimiento.
—Un agradecimiento infinito.
—Lo veremos... Hablemos claro. Posee usted ya el secreto de Beatriz; sabe usted que le ha amado mucho y que en lugar de haberle traicionado y sacrificado, como creía usted, ha sido ella, por el contrario, quien se impuso un verdadero martirio. Hoy tiene ya otras afecciones, otros deberes, y esté usted seguro de que no conseguirá apartarla de ellos, pero si abusa de mi forzada indiscreción, conseguiría turbar su tranquilidad... y a mí, señor, en premio del servicio que le he prestado, me sumiría en un abismo de dolor.
—Déme usted sus órdenes, dígame qué quiere que haga.
—Pierrepont, está usted para siempre separado de la mujer a quien un día pensó usted unirse, y que le amaba como usted la amaba... eso, no lo niego, es una gran pena, una gran desdicha, pero irremediable, consumada; no, no debe, pues, pensar en otra cosa que en poner a cubierto de un seguro naufragio aquello que aun todavía puede ser; honrosamente salvado; no le exijo que abandone París y que no vuelva a ver a Beatriz, no, eso sería demasiado... pero sí le ruego que la vea en lo sucesivo como a una mujer de la que nada hay que esperar fuera de la amistad y de la estima. Mucha firmeza necesitará usted, lo sé, para dar cumplimiento a mi súplica; ¿mas no me dijo usted ayer mismo que le había devuelto el carácter... y el honor?
—Señora, espero darle la prueba.
—Gracias mil—respondió la vizcondesa conmovida—, pero, para ayudarle en su propósito—añadió sonriendo—, me permitirá usted que tome algunas precauciones sugeridas por mi antigua experiencia... Entre todas las contingencias que podrían poner a prueba su tesón, hay una que preveo y que deseo evitarle... Le ruego que prescinda de toda explicación directa con Beatriz; yo la pondré al corriente de lo ocurrido hoy mismo y no tendrá más sino presentarse de nuevo en casa de Fabrice como si nada hubiera pasado. Le prometo que será bien recibido; no se le hará alusión alguna ni en cuanto al presente ni en cuanto al pasado, y usted me promete, ¿no es verdad? rehuírlas también por su parte... ¿me promete también no enternecerse?... ¿me promete, en fin, no ser para Beatriz más que un bueno y antiguo amigo como lo es para mí... y nada más?
—Se lo prometo, y creo no tener en ello gran mérito, porque lo que me ofrece me parecerá bien grato en comparación a lo que he sufrido.
—¡Sea en hora buena!... ahora le despido... Voy inmediatamente a su casa. Le he dado cita para hoy a mediodía.