La señora de Aymaret consiguió vencer esta última trinchera revelándole el secreto culto que le rendía la linda millonaria, clase de lisonja a que todo hombre es siempre sensible.

—Pero, en fin—dijo Pedro, ya completamente arriado el pabellón—, ¡no es cosa de irse esta noche misma!... ¿Supongo que me concederá usted algunos días para arreglar mis asuntos?

—No muchos, mi querido amigo, porque yo me voy dentro de ocho y no quiero dejarlo a usted a mi retaguardia.

—Su confianza de usted me encanta... ¡Pero, en fin, sea! me iré con el próximo vapor que sale del Havre... porque, francamente, no puedo hacer el viaje a nado... Vamos, ¿quiere usted que le dé mi palabra?

—No estaría de más.

—Está dada.

—¡Muchas gracias!... recuerde usted que no debe prevenir a Beatriz el momento de su partida.

—¡Por supuesto!... pero podré despedirme de ella sin decirle nada, supongo.

—Eso sí... ¡claro está!—respondió la vizcondesa.

En esto llegaban a la estación, al mismo tiempo que el tren, y como nadie más que ellos ocupasen el coche que los conducía a París, convinieron en los términos de la carta que al día siguiente mismo se proponía la señora de Aymaret escribir a miss Nicholson, anunciándole la próxima salida de Pierrepont para América.