Elena volvió á donde yo estaba, radiante de alegría.
—Y bien, querida, espero que ahora comerás tu pan.
—No, Máximo; he estado demasiado conmovida como ves, y, además, es menester decirte que hoy ha entrado una nueva discípula, que nos ha regalado merengues y algunos otros dulces; de modo que no tengo hambre. Me siento al mismo tiempo muy embarazada, porque he olvidado volver el pan á la canasta, como debe hacerse, cuando no se tiene hambre, y tengo miedo de ser castigada; pero al pasar por el patio voy á tratar de arrojarlo por el respiradero del sótano, sin que nadie me vea.
—Cómo, hermana mía—respondí, sonrojándome ligeramente—¿vas á perder ese gran pedazo de pan?
—Sé que no es bien hecho, porque hay muchos pobres que se considerarían felices en poseerlo, ¿no es verdad, Máximo?
—Los hay ciertamente, mi querida niña.
—Pero ¿qué quieres que haga? Los pobres no entran aquí.
—Veamos, Elena, confíame ese pan y se lo daré en tu nombre al primer pobre que encuentre ¿quieres?
—¿Cómo no he de querer, pues?
La hora de retirarse llegó; rompí el pan en dos pedazos que hice desaparecer vergonzosamente en los bolsillos de mi paletot.