Me hallaba hacía media hora, sumergido en una especie de entorpecimiento, cuya somnolencia uniforme me presentaba la ilusión de suntuosos festines y campestres fiestas, cuando el ruido de la puerta que se abría, me despertó sobresaltado. Creí soñar aún, viendo entrar á la señora Vauberger con una gran bandeja sobre la que humeaban dos ó tres odoríferos platos. Habíala ya depuesto sobre el pavimento y comenzado á extender su mantel sobre la mesa, antes que hubiese sacudido enteramente mi letargo. Por fin me levanté bruscamente.

—¿Qué es esto?—dije.—¿Qué es lo que hace usted?

La señora Vauberger fingió una viva sorpresa.

—¿No había pedido comida, el señor?

—No.

—Eduardo me dijo que...

—Eduardo se ha engañado. Será el inquilino de al lado.

—Pero si no hay inquilino al lado... No comprendo...

—En fin, no es para mí... ¿Qué significa esto? Me fastidia usted; llévese eso.

La pobre mujer se puso á plegar tristemente su mantel, dirigiéndome las miradas desconsoladas de un perro á quien se ha castigado.