—Ciertamente, señor, ese es mi deber y estoy pronto á cumplirlo.

—En ese caso, amigo mío, escúcheme. Acabo de llegar de la Bretaña; existe en esta antigua provincia una opulenta familia llamada Laroque, la cual me honra con su entera confianza hace muchos años. Esta familia es representada hoy por un anciano y dos mujeres, á quienes su edad y carácter hacen igualmente inhábiles para los negocios. Los Laroque poseen una fortuna territorial considerable, cuya administración estaba confiada en estos últimos tiempos, á un intendente que yo me tomaba la libertad de mirar como un bribón. Al día siguiente de nuestra entrevista, Máximo, recibí la noticia de la muerte de este individuo: me puse en camino inmediatamente para el castillo de Laroque y he pedido para usted el empleo vacante. He hecho valer su título de abogado y más particularmente sus cualidades morales. Conformándome con su deseo, no he hablado nada sobre su nacimiento: no es usted, ni será conocido en la casa, sino bajo el nombre de Máximo Odiot. Habitará usted un pabellón separado, donde se le servirá la comida, cuando no le sea agradable figurar en la mesa de la familia. Sus honorarios están fijados en seis mil francos por año. ¿Le conviene?

—Me conviene grandemente y todas las precauciones y delicadezas de su amistad me conmueven vivamente; pero, para decirle la verdad, temo ser un hombre de negocios muy poco entendido, algo novicio.

—Pierda cuidado sobre ese punto, amigo mío. Mis escrúpulos se han anticipado á los suyos y no he ocultado nada á los interesados. Señora—dije á mi excelente amiga la señora de Laroque,—tiene usted necesidad de un intendente, de un gerente para su fortuna: yo le ofrezco uno. Está lejos de tener la habilidad de su predecesor; no está versado absolutamente en los misterios de los arrendamientos y contratos de tierras: no conoce la primera palabra de los negocios que va usted á dignarse confiarle; no tiene conocimientos especiales, ni práctica, ni experiencia, ni nada de lo que se necesita; pero tiene algo, que faltaba á su predecesor, que cincuenta años de práctica no habían podido darle, y que diez mil años más no le habrían dado tampoco; tiene probidad, señora. Lo he visto en el fuego y respondo de él. Tómelo, y tendrá usted mi reconocimiento y el suyo. La señora de Laroque se rió mucho de mi manera de recomendar á las gentes, pero finalmente parece que era buena, puesto que tuvo éxito.

El digno anciano se ofreció entonces á darme algunas nociones elementales y generales sobre la especie de administración de que iba á ser encargado y agregar á propósito de los intereses de la familia Laroque, algunas noticias que se ha tomado el trabajo de recoger y redactar para mí.

—¿Y cuándo debo partir, mi querido señor?

—A decir verdad, mi querido niño (ya no se trataba del señor Marqués), cuanto más pronto, será mejor; porque aquellas gentes no son capaces de hacer por sí mismas una carta de pago. Mi excelente amiga la señora de Laroque en particular, mujer recomendable por diversos títulos, es en punto á negocios, de una incuria, una ineptitud y niñería, que sobrepasa lo imaginable. ¡Es una criolla!

—¡Ah! es una criolla—repetí con vivacidad.

—Sí, joven, una vieja criolla—respondió secamente el señor Laubepin.—Su marido era bretón; pero estos detalles vendrán á su tiempo... Hasta mañana, Máximo, ¡valor!... ¡Ah! olvidaba... El jueves por la mañana antes de mi partida hice una cosa que no le será desagradable. Tenía usted entre sus acreedores algunos bribones, cuyas relaciones con su padre habían sido contaminadas de usura: armado de los rayos legales, he reducido sus créditos á la mitad, y obtenido el saldo total, quedándole á usted en definitiva un capital de veinte mil francos. Agregando á esta reserva las economías que podrá usted hacer cada año, sobre sus honorarios, tendremos en diez años, una linda dote para Elena... Venga á almorzar mañana con el maestro Laubepin y acabaremos de arreglar todo esto... ¡Buenas noches, Máximo, buenas noches, mi querido hijo!

—¡Que Dios le bendiga, señor!