El arenal que se confundía con el camino, se extendía á mi alrededor hasta perderse de vista; por todas partes pobres aliagas; que se arrastraban sobre una tierra negra; aquí y allá, despeñaderos, grutas, senderos abandonados y algunos peñascos asomando apenas sobre el suelo, pero ni un solo árbol.

Cuando llegué á la meseta, vi á mi derecha la línea sombría del arenal, cortar en lontananza una faja de horizonte más lejana aún, ligeramente ondeada, azul como la mar, inundada de sol, y que parecía abrir en medio de aquel paraje desolado la repentina perspectiva de alguna región radiante y pintoresca: era en fin la Bretaña.

Alquilé un calesín en la pequeña ciudad de... para salvar las dos leguas que me faltaban aún para terminar mi viaje.

Durante la travesía, que no fué de las más rápidas, recuerdo confusamente haber visto pasar ante mis ojos, bosques, claros, lagos y oasis de frescura, ocultos entre los valles; pero al aproximarme al castillo de Laroque, me sentí asaltado por mil pensamientos penosos que dejaban poco lugar á las preocupaciones del turista. Unos instantes más, é iba á entrar en una familia desconocida, bajo una especie de domesticidad mal disfrazada, con un título que me aseguraba apenas los miramientos y el respeto de los criados; esto era nuevo para mí. En el momento mismo, en que el señor Laubepin me propuso este empleo, todos mis instintos, todos mis hábitos se sublevaron violentamente contra el carácter de dependencia particular, inherente á tales funciones. Había creído, sin embargo, que era imposible rechazar el empleo sin esquivar, al parecer, las solícitas diligencias del anciano en mi favor. Además no podía esperar, sino después de muchos años, obtener en funciones más independientes, las ventajas que se me ofrecían desde luego, y que me permitirían trabajar en seguida en el porvenir de mi hermana. Conseguí, pues, vencer mis repugnancias, pero habían sido tan vivas, que se despertaban con más fuerza en presencia de la inminente realidad. Tuve necesidad de releer en el código que todo hombre lleva dentro de sí mismo, los capítulos del deber y del sacrificio; al mismo tiempo me repetía que no hay situación por humilde que sea, en la cual no pueda sostenerse y aun acrisolarse la dignidad personal. Después me tracé un plan de conducta para con los miembros de la familia Laroque, prometiéndome atestiguarles un celo concienzudo por sus intereses, y una justa deferencia hacia sus personas, igualmente distantes del servilismo y de la altivez. Pero no podía disimularme que esta última parte de mi tarea, la más delicada sin duda, debía simplificarse ó complicarse singularmente, por la naturaleza especial de la índole y de los caracteres con quienes iba á estar en contacto. Además el señor Laubepin, aunque reconociendo todo lo que mi solicitud tenía de legítimo respecto al artículo personal, se había mostrado obstinadamente parco de informes y detalles á este respecto. No obstante, al partir me había entregado una nota confidencial recomendándome la quemara luego que me hubiera servido de ella.

Saqué esta nota de mi cartera y me puse á estudiar sus términos que reproduzco aquí exactamente.

Castillo de Laroque d'Arz

ESTADO DE LAS PERSONAS QUE HABITAN DICHO CASTILLO

1.º Señor Laroque (Luis Augusto), octogenario, jefe actual de la milicia, fuente principal de la riqueza, antiguo marino, célebre bajo el primer imperio, en calidad de corsario autorizado; parece que se enriqueció en el mar por empresas legales de diversa naturaleza: vivió muchos años en las colonias. Oriundo de la Bretaña volvió á ella hará como treinta años, en compañía del difunto Pedro Antonio Laroque, su hijo único, esposo de la

2.º Señora Laroque (Clara Josefina), nuera del ya nombrado; criolla de origen, edad cuarenta años; carácter indolente, espíritu caprichoso, algo maniática, buen fondo.

3.º La señorita Laroque (Luisa Margarita), nieta, hija y presunta heredera de los anteriores, edad veinte años, criolla y bretona, algo quimérica, ¡bella alma!