Al mismo tiempo arrojé mi levita sobre la hierba y entré en el pequeño lago, tomando la precaución de mantenerme á cierta distancia de la cascada. El agua era muy profunda, en efecto, pues no pude hacer pie hasta el momento en que me aproximé al agonizante Mervyn. No sé si ha habido aquí en otro tiempo un islote, que se haya sumergido poco á poco, ó si alguna creciente del río ha arrastrado y depuesto en este paraje algunos fragmentos arrancados del ribazo; lo que hay de cierto es que un espeso entrelazamiento de malezas y ramas se oculta y prospera bajo aquellas pérfidas aguas. Puse los pies sobre una de las capas de donde parecía surgir el zarzal y conseguí libertar á Mervyn, que una vez dueño de sus movimientos volvió á hallar todos sus medios, y se sirvió de ellos sin retardo para ganar la orilla, abandonándome de buena gana. Este rasgo no era muy conforme con la reputación caballeresca de que goza su especie: pero el buen Mervyn, ha vivido mucho entre los hombres y supongo que se ha vuelto un poco filósofo. Cuando quise tomar mi impulso para seguirle, reconocí con enfado que era detenido, á mi turno, por la red de la náyade maligna y celosa, que al parecer reina en estos parajes. Una de mis piernas estaba enlazada por nudosos bejucos que traté en vano de romper. No se halla uno bastante libre en una agua profunda sobre un fondo viscoso, para desplegar todas sus fuerzas: estaba por otra parte medio ciego por el repulso continuo de la onda espumante. Además sentía que mi situación se hacía equívoca. Arrojé una mirada hacia la ribera. La señorita Margarita suspendida del brazo de Alain, estaba inclinada sobre el abismo y clavaba sobre mí una mirada de mortal ansiedad. Me dije en aquel momento, que sólo de mí dependía ser llorado por aquellos hermosos ojos, y dar á una existencia miserable un fin digno de envidia. Luego sacudí estos cobardes pensamientos: un violento esfuerzo me desprendió, anudéme al cuello el pequeño pañuelo hecho pedazos y gané suavemente la ribera. Al abordar, la señorita Margarita me tendió su mano temblorosa: esto me pareció recompensarme.
—¡Qué locura!—dijo.—¡Qué locura! Podía usted haber muerto allí ¡y por un perro!
—Era el suyo—le respondí á media voz como ella me había hablado.
Esta palabra pareció contrariarla; retiró bruscamente su mano, y volviéndose hacia Mervyn que bostezando se secaba al sol, púsose á acariciarlo:—¡Oh! tonto, gran tonto—dijo.—¡Qué bestia eres!
En tanto, manaba yo agua sobre la hierba como una regadera, y no sabía qué hacer de mi individuo, cuando la joven volviéndose á mí, me dijo con bondad:—Señor Máximo tome la barca y márchese pronto. Remando se calentará un poco. Yo me volveré con Alain por los bosques. El camino es más corto.—Pareciéndome este arreglo conveniente bajo todos aspectos, no hice objeción alguna. Me despedí: tuve por segunda vez el placer de tocar la mano del ama de Mervyn, y me arrojé á la barca.
Vuelto á casa, me sorprendí al vestirme hallando en mi cuello el despedazado pañuelo que había olvidado entregar á la señorita Margarita. Ella ciertamente lo creía perdido, y me decidí á apropiármelo como premio de mi húmedo torneo. Por la noche fuí al castillo, la señorita Laroque me acogió con ese aire de indolencia desdeñosa, de distracción sombría y de amargo fastidio que la caracteriza habitualmente, y que formaba entonces un singular contraste con la graciosa bondad y la festiva vivacidad de mi matinal compañera. Durante la comida, á la cual asistía el señor de Bevallan, habló de nuestra excursión; como para quitarle todo misterio, lanzó de pasada algunas zumbas á propósito de los amantes de la Naturaleza, y terminó contando la mal aventura de Mervyn, pero suprimió de este último episodio toda la parte que me concernía. Si esta reserva ha tenido por objeto, como lo creo, dar tono á mi propia discreción, la señorita se tomaba un inútil trabajo. Sea lo que sea, el señor de Bevallan, al oir este relato, nos aturdió con sus gritos de desesperación.
—¡Cómo! ¡la señorita Margarita había sufrido aquellas tan largas ansiedades! El bravo Mervyn había corrido tan grave peligro, y él, Bevallan, ¿no se había hallado allí? ¡Fatalidad! Jamás se consolaría... no le quedaba otro remedio que colgarse como Crillon.
—Pues bien, si estuviese yo solo para descolgarlo—me dijo el viejo Alain cuando me acompañaba por la noche—emplearía todo el mayor tiempo posible para hacerlo.
El día de ayer, no comenzó para mí tan alegremente como el de la víspera. Recibí por la mañana una carta de Madrid, que me encargaba anunciar á la señorita de Porhoet la pérdida definitiva de su pleito. El agente de negocios me hacía saber, además, que la familia con quien se pleiteaba, al parecer no aprovecharía de su triunfo, pues se hallaba ahora en lucha con la corona, que se había despertado al ruido de aquellos millones y que sostiene que la sucesión en litigio le pertenece por derecho de abolengo. Después de largas reflexiones me ha parecido que sería muy caritativo ocultar á mi vieja amiga la ruina absoluta de sus esperanzas. Tengo pues, el proyecto de asegurarme la complicidad de su agente en España; él pretextará una nueva demora; por mi parte, seguiré el escudriñamiento de los archivos, y haré en fin lo posible para que la pobre mujer continúe hasta el fin de sus días alimentando sus queridas ilusiones. Por muy legítimo que sea el carácter de este engaño, sentí, sin embargo, la necesidad de hacerlo sancionar por alguna conciencia delicada.
Me transporté al castillo después de mediodía, é hice mi confesión á la señora de Laroque: ella aprobó mi plan y aun me alabó más de lo que el caso parecía exigir. Y no fué sin gran sorpresa que la oí terminar nuestra conversación con estas palabras:—Ha llegado el momento de decirle, señor, que le estoy profundamente agradecida por sus cuidados; que cada día me agrada más su compañía y siento más estimación por su persona. Querría, señor, perdóneme, porque no puede usted participar de este voto, querría que no nos separásemos jamás... y ruego humildemente al Cielo haga todos los milagros que sean necesarios para esto... porque no se me oculta... que serían menester milagros.