—¿Un cuchillo?—repitió la señorita Margarita con el acento de la sorpresa.
—Sí, déjeme, déjeme hacer.
—¿Pero qué pretende usted hacer con un cuchillo?
—Pretendo cortar una rama—dijo el señor de Bevallan.
La joven lo miró fíjamente.
—Creía—murmuró—que iba usted á echarse á nado.
—¡A nado!—dijo el señor de Bevallan;—permítame, señorita... en primer lugar no estoy en traje de natación... además, le confesaré que no sé nadar.
—Si no sabe usted nadar—replicó la joven, con un tono seco,—importa muy poco que esté ó no esté en traje de natación.
—Es una observación muy justa—dijo el señor de Bevallan, con una festiva tranquilidad;—pero usted no tiene interés particular en que yo me ahogue, ¿no es así? Quiere usted su pañuelo, ese es el fin. Desde el momento en que yo lo traiga quedará usted satisfecha ¿no es verdad?
—Pues bien—dijo la joven sentándose con resignación;—vaya á cortar su rama, señor.