Parece verdaderamente que un poder maligno se empeñara en inventar las pruebas más singulares y más crueles para presentarlas sucesivamente á mi conciencia y á mi corazón.
No habiendo llegado el señor Laubepin esta mañana, la señora de Laroque me ha hecho pedir algunas instrucciones que le eran necesarias para arreglar las bases previas del contrato, el cual como ya he dicho, debe ser firmado mañana. Estando condenado á permanecer aún durante algunos días en mi habitación, supliqué á la señora de Laroque que me enviara los títulos y los documentos particulares que se hallan en poder de su padre político y que me eran indispensables para resolver las dificultades que se me habían indicado. Se me remitieron dos ó tres cajones llenos de papeles, sacados secretamente del gabinete del señor Laroque, aprovechando de un momento en que el anciano dormía, pues se había mostrado siempre muy celoso de su archivo secreto. En la primera pieza que me cayó á mano, el nombre de mi familia, muchas veces repetido, hirió bruscamente mis ojos y solicitó mi atención con un poder irresistible. He aquí el texto literal de esta pieza:
A MIS HIJOS
«El nombre que os lego, y que he honrado, no es el mío. Mi padre se llamaba Savage. Era regidor de una plantación en la isla, entonces francesa, de Santa Lucía, perteneciente á una rica y noble familia del Delfinado, la de los Champcey d'Hauterive. En 1793 mi padre murió y yo heredé, aunque muy joven, la confianza que los Champcey habían depositado en él. Hacia el fin de este funesto año, las Antillas francesas fueron tomadas por los ingleses, ó les fueron entregadas por los colonos insurgentes. El Marqués de Champcey d'Hauterive (Santiago Augusto), á quien las órdenes de las convenciones no habían alcanzado todavía, mandaba entonces la fragata Thetis y hacía tres años cruzaba aquellos mares. Un gran número de colonos franceses esparcidos en las Antillas, habían llegado á realizar sus fortunas, amenazadas á cada instante. Estos se habían entendido con el comandante Champcey para organizar una flotilla de ligeros transportes, á la que habían trasladado sus bienes, y que debía emprender su vuelta á la patria bajo la protección de los cañones de la Thetis. Desde largo tiempo, en previsión de desastres inminentes, yo había recibido la orden y el poder para vender á cualquier precio la plantación que administraba desde la muerte de mi padre. En la noche del 14 de noviembre de 1793, montaba solo en un pequeño bote en la punta de Morne au Sable y abandonaba furtivamente á Santa Lucía, ocupada ya por el enemigo. Llevaba en papel inglés y en guineas el precio que había podido sacar por la plantación. El señor de Champcey, gracias al conocimiento minucioso que tenía de estos parajes, había podido engañar al crucero inglés y refugiarse en el paso difícil y desconocido de Crossilot. Tenía orden de reunirme allí aquella misma noche, y sólo esperaba mi llegada á bordo, para salir de este paso con la flotilla que escoltaba, y dirigir su proa á Francia. En el trayecto tuve la desgracia de caer en manos de los ingleses. Estos maestros en traición, me dieron á elegir entre ser fusilado en el acto, ó venderles, mediante el millón de que era portador y que me abandonaban, el secreto del paso en que se abrigaba la flotilla. Yo era joven, la tentación era demasiado fuerte; una media hora después, la Thetis era echada á pique, la flotilla tomada, y el señor de Champcey gravemente herido. Pasé un año; un año sin sueño. Yo me enloquecía, y resolví hacer pagar al inglés maldito los remordimientos que me despedazaban. Pasé á la Guadalupe, cambié mi nombre y consagré la mayor parte del precio de mi delito á la compra de un brick armado, y corrí sobre los ingleses. He lavado durante quince años en su sangre y con la mía la mancha que en una hora de debilidad había arrojado sobre el pabellón de mi patria. Si bien más de las tres cuartas partes de mi fortuna actual ha sido adquirida en gloriosos combates, no por eso es otro su origen que el que acabo de indicar.
»Al volver á Francia, en mi vejez, me informé de la situación de los Champcey d'Hauterive: era dichosa y opulenta. Continué guardando un profundo silencio. ¡Que mis hijos me perdonen! No he podido hallar valor, mientras he vivido, para sonrojarme en su presencia; pero la muerte debe entregarles este secreto, del que usarán según las inspiraciones de su conciencia. Por mi parte, sólo tengo una súplica que hacerles: habrá, tarde ó temprano, una guerra entre la Francia y su vecina del otro lado del Canal; nos odiamos demasiado; será menester reñir; que nosotros los traguemos ó que ellos nos traguen. Si esta guerra estallara viviendo alguno de mis hijos ó de mis nietos, deseo que donen al Estado una corbeta armada y equipada, con la condición de que se llame La Savage y la mande un bretón. A cada andanada que descargue sobre la costa de Inglaterra, mis huesos se estremecerán de contento en su tumba.—Ricardo Savage, conocido por Laroque.»
Los recuerdos que despertó repentinamente en mi imaginación esta espantosa confesión, me confirmaron su exactitud. Había oído contar veinte veces á mi padre, con una mezcla de orgullo y de amargura, el rasgo de la vida de mi abuelo á que se hacía alusión en ella. Solamente que se creía en mi familia que Ricardo Savage, cuyo nombre tenía muy presente, había sido la víctima y no el promotor de la traición, ó de la casualidad que había entregado al comandante de la Thetis.
Me expliqué entonces las singularidades que á menudo me habían llamado la atención en el carácter del viejo marino, y en particular su actitud tímida y pensativa cuando se hallaba frente á frente conmigo. Mi padre había dicho siempre que yo era un vivo retrato de mi abuelo, el Marqués Santiago, y sin duda, algunos resplandores de esta semejanza penetraban de tiempo en tiempo, atravesando las nubes de su cerebro, hasta la conciencia confusa de aquel anciano.
Apenas dueño de esta secreta revelación, caí en una horrible perplejidad. Por mi parte, sólo sentí un débil rencor contra este infortunado, en quien las flaquezas del sentido moral habían sido purgadas por una larga vida de arrepentimiento, y por una pasión de desesperación y de odio, que no carecía de grandeza. Yo mismo no podía respirar, sin una especie de admiración, el soplo salvaje que anima aún estas líneas trazadas por una mano culpable, pero heroica. Entretanto, ¿qué debía yo hacer de este terrible secreto? Lo que se me ocurrió de pronto, fué el pensamiento de que él destruía todo obstáculo entre Margarita y yo, que en adelante aquella fortuna que nos había separado debía ser entre nosotros un lazo casi obligatorio, pues yo sólo en el mundo podía legitimarla, dividiéndola. A la verdad, este secreto no era mío, y aun cuando la más inocente de las casualidades me lo hubiera hecho conocer, puede ser que la estricta probidad exigiese que lo dejara llegar en su hora, á las manos á que está destinado; ¡pero cómo, si esperando ese momento el mal irreparable se consumiría! ¡Los lazos más indisolubles nos separarían! ¡La piedra de la tumba iba á caer para siempre sobre mi amor, sobre mis esperanzas, sobre mi corazón inconsolable! ¿Y lo soportaría cuando podía impedirlo con una sola palabra? Y estas pobres mujeres, el día en que la fatal verdad haga sonrojar sus frentes, es muy probable dividirán conmigo mis pesares y mi desesperación. Y exclamarán las primeras: ¡Ah! si lo sabía usted ¿por qué no había hablado?
Pues bien; ni hoy, ni mañana, ni nunca: si sólo de mí depende, la vergüenza no sonrojará estas dos nobles frentes. Yo no compraré mi felicidad á precio de su humillación. Este secreto que sólo yo poseo, que ese anciano mudo para siempre, no puede él mismo traicionar, ya no existe; la llama lo ha devorado.
Lo he pensado bien. Comprendo lo que me he atrevido á hacer. Era un testamento, una acta sagrada y la he destruido. Además, no era yo sólo el que ganaba. Estoy encargado de mi hermana, que hallaría en él una fortuna, y sin consultarla, mi mano la ha sumergido de nuevo en la pobreza. Sé todo esto; pero dos almas puras, elevadas y orgullosas, no serán deshonradas, ni aniquiladas bajo el peso de un crimen de que son inocentes. Había en esto un principio de equidad que me ha parecido superior á toda justicia literal. Si á mi vez he cometido un crimen, yo responderé de él... Pero esta lucha me ha destrozado y ya no puedo más.