Se te permitirá volver á dar la vida; pero sabe, que aunque lo harás una sola vez[162] contra la voluntad de los Dioses, no se te permitirá otra vez, por el fuego de tu abuelo,[163] que te quitará la vida: despues de haber sido Dios, quedarás un cuerpo muerto; y el que poco ha eras cuerpo, volverás á ser Dios, y renovarás dos veces tus hados. Tú tambien, padre caro, no mortal, sino criado para ser eterno, desearás poder morir, quando te atormente la sangre de la venenosa serpiente, introducida por los miembros heridos. Los Dioses te harán de eterno mortal; y las tres Diosas[164] cortarán el hilo de tu vida.” Aun le quedaba algo que decir sobre el destino de su padre,[165] quando suspira de lo profundo de su pecho, y empieza á derramar copiosas lágrimas diciendo: „El destino se vuelve contra mí; no puedo hablar mas, y se me impide la articulacion de la lengua. No debian haberme sido tan apreciables las artes,[166] que me han acarreado la ira de Dios. ¡Oxalá hubiera ignorado lo futuro! Ya parece que se me quita el semblante humano; ya me agrada la yerba por comida; ya tengo deseo de correr por los dilatados campos; ya me convierto en yegua, y en unos pechos de quienes no degenero.[167] Pero ¿por qué soy mudada toda, puesto que mi padre es de dos formas?” Al decir esto, se le entendian ya muy poco sus últimos lamentos, y se confundiéron sus palabras. No pareció aquel primer sonido de yegua sino del que la imita: á poco tiempo prorumpe en claros relinchos, y aplica sus brazos á la yerba.[168] Entónces se juntan los dedos, y la ligera uña liga las cinco con un eterno casco. Se extiende su rostro y cuello. Se convierte en cola la mayor parte del prolongado manto; y como los sueltos cabellos se tendian por el cuello, se convirtiéron en hermosas crines, y á un mismo tiempo se innovó la voz y semblante, y tomó el nombre de aquel monstruo.

(33) Apolo guarda los ganados de Admeto
en los campos de Mesene.

FÁBULA X.

APOLO CONDUCE REBAÑOS.

Lloraba Filerio[169] la pérdida de su hija; y en vano imploraba tu socorro, ¡ó Apolo! porque ni podias inmutar los decretos del poderoso Júpiter, ni te hallabas entónces presente aunque pudieras: habitabas en Eli y campos Misenios; aquel era el tiempo en que vestias la piel pastoril, y en que el báculo de la silvestre oliva servia de peso á tu mano derecha, y á la izquierda la flauta hecha de siete cañas desiguales; y quando el amor es tu cuidado, y la zampoña tus delicias, se dice que se pasáron las vacas por tu descuido á los campos Pilios. Las ve el hijo de Maya[170] y las oculta con su arte[171] en las selvas.

FÁBULA XI.

BATO TRANSFORMADO EN PIEDRA DE TOQUE.

Nadie supo de este hurto, sino un viejo conocido en aquel campo con el nombre de Bato. Guardaba este pastor los bosques y dehesas abundantes de yerba del rico Neleo, y los rebaños de las excelentes yeguas. Á este teme Mercurio; y llegándose á él disimuladamente le dice: „Huésped,[172] quien quiera que seas, si alguno por casualidad busca estos rebaños, dile que no los has visto, y para que no quedes sin recompensa, toma en premio una blanca vaca.” Se la da, y luego que el huésped la recibe, „ve seguro, le responde: primero publicará tu hurto esta piedra que te muestro.” Marcha el hijo de Júpiter, mas volvió pronto; y mudando de figura y de voz á un mismo tiempo: „villano, le dice, ¿has visto ir por este campo unas vacas? dímelo, y no me ocultes el hurto, que te daré en premio una vaca con su novillo.” El viejo, luego que vió doble la recompensa, „estarán dice, á la falda de aquellos montes;” y en efecto, baxo de ellos estaban.