FÁBULA IV.
SALMACIS Y HERMAFRODITO.
Causó bastante admiracion en sus hermanas lo que Leuconoe acababa de referir. Las unas decian que era increible: las otras, que todo lo podian los verdaderos Dioses; pero que no era Baco de este número. Alcitoe nada habia dicho aun; y por lo mismo la suplicaron contase alguna historia, y la obligaron á ello con el silencio. Nada os hablaré, dixo, continuando su labor, de la aventura del pastor Dafnis, que guardaba sus rebaños en el monte Ida, y á quien una Ninfa, zelosa de su rival, convirtió en roca. ¡Tanto furor como este inspira el amor quando es despreciado! Esta historia es bien sabida de todos. Tampoco diré la de Esciton, hombre y muger á un tiempo. Pasaré en silencio la de Celmo, tan fiel á Júpiter en su infancia, y que despues, por su indiscrecion, fue transformado en diamante. No me detendré en la de los Curetes, que se formaron de una lluvia. Tampoco es mi ánimo contaros la de Croco, ni la de Esmilax convertidos en flores; pero sí quiero divertiros con una historia agradable.
Vosotras ignorareis quizá por qué la fuente Salmacis vino á hacerse tan nombrada, y por qué sus aguas vuelven á los hombres floxos y afeminados;[29] oidlo pues, que el efecto es tan patente como la causa oculta. Las Náyades criaron en las cuevas del monte Ida un niño nacido de Venus y Mercurio: sus facciones eran tales que demostraban bien quienes eran sus padres, y de ambos tomó despues el nombre.[30] Quando llegó á la edad de quince años abandonó los montes en donde se habia criado, deseoso de ver nuevas tierras y nuevos rios, haciéndole este mismo deseo menos sensibles las incomodidades de sus viages. Habia ya visto las ciudades de Licia, y llegado á Caria, que está cerca, quando se paró junto á una fuente, cuyas aguas eran tan puras que veia fácilmente su fondo; nada la enturbiaba; ni juncos, ni cañas, ni ovas. Un cesped siempre verde formaba al rededor de ella una hermosa cenefa. La Ninfa que la habitaba, ni tenia aficion á la carrera, ni á la caza, ni á disparar el arco: era la única de las Náyades que jamas conoció Diana. Solian decirla sus hermanas: Salmacis, ármate de un dardo, toma una aljaba, reparte el descanso con el exercicio de la caza; pero sus persuasiones eran inútiles, porque la ociosidad formaba todas sus delicias. No tenia otro placer que bañarse, cuidar de adornar sus cabellos con un blanco peyne de Venus, y consultar en el cristal de las aguas los adornos que la sentarian mejor. Unas veces, adornada de un brillante vestido, permanecia reclinada sobre la yerba y el cesped; otras se divertia en coger flores; y en esto estaba entretenida quando descubrió al jóven Hermafrodito. Apenas le vió se enamoró de su hermosura, y deseó tenerle por marido; pero aunque lo deseaba, no quiso acercarse á él hasta engalanar bien su cuerpo y componer sus miradas de modo que pudiera parecer la mas bella á los ojos de este jóven.[31] Luego que se adornó á su placer, le dixo: „Jóven extrangero, quien quiera que seas, pues algunos te tendrian por un Dios, si lo eres, no puedes dexar de ser el mismo Amor; y si eres un simple mortal ¡que felicidad para tus padres tener un hijo de tanta gentileza! ¡qué afortunados serán tus hermanos si los tienes! ¡qué ventura para la que tuvo el cuidado de criarte! Pero mas que todos dichosa tu esposa, si es que estas casado, ó la que haya de honrar la tea nupcial y coronar el himeneo: si es que ya posee alguna esta felicidad, permíteme gozar de tí secretamente; mas si hasta ahora no tienes hecha eleccion de muger, yo te ofrezco mi mano, y descansaremos en un mismo lecho.”[32] Calló Salmacis y Hermafrodito se llenó de vergüenza al oirla, como que no sabia qué era amor, pero su mismo rubor añadió nuevas gracias á su belleza. El color de su rostro parecia al de las manzanas coloradas quando estan colgadas del árbol, ó al marfil teñido de encarnado, ó al de la luna en su eclipse en una noche serena. „Al menos, continuó Salmacis, dáme algun ósculo del modo mismo que le darias á una hermana tuya;” y diciendo esto quiso arrojarse á sus brazos. „Modera tus transportes, la dixo Hermafrodito, si no quieres que huya de tí para siempre. No, detente, replicó Salmacis, consternada con esta amenaza; tú eres Señor de este sitio, yo te cedo su dominio.” Al pronunciar estas palabras, fingió alejarse de allí, y se ocultó detras de unas espesas matas para acecharle sin ser vista. Entonces el jóven, como muchacho, y creyendo hallarse solo en un lugar tan frondoso, ya se paseaba de una á otra parte, ya metia los pies en el agua, y ya, convidándole á bañarse su frescura, se determinó á desnudar. El incentivo de este objeto acrecentó la pasion de la Ninfa;[33] brillaban sus ojos como los rayos del sol quando reflexan en un cristal, y apenas podia contener sus conmociones, ni dilatar su deseo. Saltó al agua Hermafrodito, y mientras nadaba, parecia su cuerpo una hermosa figura de marfil, ó una azucena vista por el cristal. „En fin yo venzo;” exclamó Salmacis, desnudándose y echándose al agua. Acercase á él, le asegura á pesar de su resistencia, le da algunos ósculos, le sujeta las manos, toca sus pechos estrechándole consigo por todos los modos posibles. Así como la serpiente quando es arrebatada por un águila, la oprime y se enrosca en sus alas y garras; así como la yedra se enlaza á un árbol, ó como el pulpo á la presa que descubre sobre las aguas, así la Ninfa Salmacis se arroja y estrecha con el indiferente Hermafrodito. En vano hace esfuerzos para desasirse de ella; en vano se resiste á su ternura; la Ninfa le ruega mas y mas, le hostiga, le solicita; pero un cruel desprecio es el solo premio que da á sus delirios. „Á pesar de todos tus esfuerzos, le dice, no te desprenderás de mí: Dioses haced que nada me separe de este pérfido.”
Oyeron los Dioses su súplica, y sus dos cuerpos se hicieron uno solo, y uno solo sus dos rostros.[34] Así como vemos dos ramas, que creciendo se unen, y las cubre una misma corteza, así sus dos cuerpos parecieron uno solo, sin que se pudiera decir si era de hombre ó de muger; pues nada era siendo uno y otro. Viendo Hermafrodito que acababa de mudar de sexô, y que su cuerpo era mitad hombre y mitad muger, habló á Mercurio y á Venus con una voz no ya como antes de hombre. „¡Ó padre mio! ¡ó madre! les dice, no negueis á vuestro hijo la gracia que os pide; y es, que todos los que vengan á bañarse á esta fuente experimenten esta misma transformacion.” Su súplica fue oida; porque Mercurio y Venus derramaron en la fuente una esencia que la comunicó la virtud de hacer mudar de sexô.
LAS HIJAS DE MINIO TRANSFORMADAS EN MURCIÉLAGOS.
Despues de haber concluido su conversacion las Mineidas, aun manifestaban, continuando su labor, el desprecio que hacian de Baco y de sus fiestas, quando de repente oyeron un confuso ruido de tambores, flautas y trompetas, que las sorprehendió tanto mas quanto no veian persona alguna que le originase. Un olor de mirra y azafran se esparció en su aposento, y, lo que parecia increible, su tela se cubrió de verdor y brotó pámpanos y hojas de yedra. El hilo que acababan de emplear se convirtió en sarmientos cargados de uvas, y estos tomaron el mismo color de púrpura de que era su labor.[35] Era ya aquella parte del dia en que las sombras que empiezan á cubrirle, y la luz que va desapareciendo, hace dudar si es dia ó noche, quando un espantoso ruido estremeció toda la casa. Se llenó repentinamente de antorchas encendidas, y de otros fuegos que brillaban por todas partes: oyéronse aullidos horrendos, como si la casa estuviese llena de fieras. Las Mineidas aterradas huyeron de la luz y el fuego; pero mientras buscaban los parages mas solitarios para ocultarse, se reducen á una pequeñez increible, cubre sus cuerpos una delgada membrana, y se extienden sobre sus brazos unas alas delicadísimas. La obscuridad del sitio en que estan ocultas, las impide conocer que habian mudado de figura; se elevaban en el ayre, sosteniéndose con unas alas, no de plumas, sino de una piel transparente. Querian hablar para expresar su pena, pero formaban solo un sonido endeble y proporcionado á la pequeñez de sus cuerpos. Complacíalas habitar en las casas y no en las florestas como las demas aves; huian de la luz volando solo de noche, y por esta causa se las dió el nombre de Murciélagos.[36]
Esta maravilla inspiró en los Tebanos un gran respeto á Baco; Ino, tia de este, la referia en todas partes, confesando que no habia experimentado otro dolor que el que le causaron las desgracias de sus hermanas.[37] Envidiosa Juno de la prosperidad de esta Princesa, que estaba envanecida por ser esposa de Atamante, por tener muchos hijos, y la gloria de haber criado á Baco; Juno, digo, no pudo disimular por mas tiempo su encono. „¿Cómo, decia, el hijo[38] de una rival mia pudo precipitar en las olas y convertir en delfines á los marineros que le despreciaban? ¿Inducir á una madre á despedazar á su propio hijo,[39] y transformar en murciélagos á las tres hijas de Minéo? ¿Y todo el poder de Juno se limitará á derramar lágrimas inútilmente? ¿Quedaré contenta con tan débil satisfaccion? ¿Está limitado mi poder á solo esto? No: el mismo Baco me enseña como he de vengar mis ofensas; lícito es aprender del enemigo. El homicidio de Pentéo me hace conocer demasiado lo que puede el furor; ¿pues por qué Ino no ha de experimentar los efectos mismos que sus hermanas?”
(53) Juno manda á las Furias que vayan
al Palacio de Atamante.