FÁBULA XIII.
CARRERA DE HIPOMENES Y ATALANTA.
„Acaso habrás oido hablar de una doncella que llevaba ventajas en la carrera á los hombres mas ligeros. La voz que acerca de esto corrió no fue ciertamente una fábula. Es evidente que los aventajaba, y no era fácil decidir en qué se aventajaba mas, si en la ligereza de sus pies ó en su hermosura. Habiendo esta doncella consultado al oráculo sobre la eleccion de un esposo, le respondió aquel: „Atalanta, no te conviene tener marido. Huye del consorcio; pero no podrás huir, y tendrás la desgracia de carecer, aunque viva, de tí misma,[178] siendo convertida en otra forma.” Amedrentada con la respuesta del oráculo, resolvió vivir soltera, frecuentando las selvas sombrías en el egercicio de la caza.[179] Cuando se veia importunada de la multitud de pretendientes los despedia y excluia con una terrible condicion, diciéndoles: „Si me he de casar con alguno de vosotros, ha de ser con el que me exceda en la carrera: apostad todos á correr conmigo: si yo fuese vencida, será el premio mi mano y mi consorcio; pero si yo venciere, la muerte será el castigo del vencido. Esta ha de ser la ley del certamen.” Ella ciertamente era una condicion cruel; pero la hermosura tiene mucho atractivo y eficacia. Sujetóse á esta dura ley una grande y temeraria multitud de pretendientes. Hipomenes, que habia concurrido movido de la curiosidad de ver el certamen de la carrera, instruido de la dura ley con que se hacia: „¿Es posible, dijo, que haya hombre que solicite á una muger, exponiéndose á tanto riesgo y peligro?” Al tiempo que desaprobaba los excesivos amores de los jóvenes descubrió á Atalanta con el velo quitado,[180] y al ver su hermosura, el aire y gracia de su cuerpo (que era como el mio, ó como el tuyo si fueses muger),[181] se quedó pasmado, y alzando las manos dijo: „Perdonadme, jóvenes amantes, á quienes sin razon poco hace tuve por temerarios, por no estar informado de la calidad del premio á que aspirábais.” Alabando asi á Atalanta, concibe amor por ella; del amor pasa luego á la envidia, y desea que ningun jóven corra mas velozmente que ella. „¿Por qué, dice, no he de probar yo fortuna en esta competencia? Los Dioses favorecen siempre á los atrevidos.” Mientras Hipomenes se decia á sí mismo estas razones vió pasar á Atalanta; y aunque iba con la misma velocidad que una ave ó una saeta de Escitia, no obstante tuvo tiempo de admirar su belleza, que habia tomado incremento con el egercicio de la carrera. El aire con que corria, tremolando los lazos de su calzado, daba nuevo impulso á sus ligeras plantas; tambien hacia ondear sus cabellos sobre las espaldas mas blancas que el marfil, y agitaba las lazadas de las ligas, que se la veian debajo de las rodillas, y el egercicio de la carrera sonroseaba la blancura de su rostro, no de otro modo que cuando la luz, penetrando por un velo ó cortina encarnada, pinta de color encarnado la blancura de la pieza que ilumina. Mientras Hipomenes nota admirado todas estas bellezas llega Atalanta al fin de la carrera, en la que salió vencedora, y mereció se la diese el premio de la corona. Suspiran los vencidos, y padecen el castigo segun las leyes del combate. Poco amedrentado Hipomenes con el suceso de estos jóvenes, se presentó en la palestra, y fijando la vista en Atalanta, la habla de esta manera: „¿Qué gloria puede tributarte la fácil victoria de los cobardes? Contiende conmigo; y si mi fortuna me hiciere vencedor, no te avergonzarás de haber sido vencida por un pretendiente de mi gerarquía, porque mi padre es Megareo, hijo de Onquestio, y nieto de Neptuno, de modo que yo vengo á ser biznieto del Rey de las aguas: mi valor no es menor que mi nobleza; y si yo soy vencido, tendrás un grande y memorable nombre por haber vencido á Hipomenes.” Mientras decia estas cosas Atalanta le miraba con semblante halagüeño,[182] é incierta de si le estaria mejor vencerle ó ser vencida, habló en estos términos: „¿Qué deidad contraria y opuesta á los hombres de gallardía y gentileza se propone perder á este jóven? ¿Quién es el que le inspira á que pretenda mi casamiento con peligro de su amable vida? En mi sentir no me considero acreedora á que por mí se exponga á tanto riesgo; no me mueve á compasion su gallardía, aunque ella es tal que pudiera conmoverme, sino el verle aun tan jóven. No él sino su edad es la que me compadece; y ¿qué diré siendo testigo de su valor, y del desprecio que muestra á la muerte? ¿Qué cuando le contemplo en cuarto grado descendiente de Neptuno? ¿Qué al ver un amor tan fino que estima mi mano mas que su vida, y se resuelve á morir si la dura suerte le negase el vencerme? Ilustre extrangero, le dijo, desiste ahora que estás en tiempo, y abandona la pretension de un enlace que te expone á perder la vida. Mi casamiento es cruel y costoso. Hallarás otras infinitas que apetezcan casarse contigo, pues eres digno de ser amado por cualquiera discreta jóven. Mas ¿por qué, prosiguió, me tomo yo estos cuidados por este jóven, á quien no desanima el egemplar de los muchos que han sufrido la muerte por haber sido vencidos? Allá se las avenga; muera, pues él lo quiere; y sin escarmentar con la desgracia de tantos pretendientes, parece que le desagrada el vivir. Pero ¿será puesto en razon que muera únicamente porque intenta vivir en union conmigo?[183] ¿Será buena recompensa del amor que me manifiesta el que sufra la muerte, que él en verdad no merece? Todo el lauro de mi victoria no podrá mitigar el disgusto y resentimiento que tendré de haberlo vencido; pero en caso de que incurra en esta desgracia, no será culpa mia, sino de su temeridad. ¡Ah, inconsiderado jóven, si te allanaras á desistir de tu empresa! ¡Ah, si ya que eres temerario fueras mas ligero que yo! ¡Qué femenil hermosura se descubre en tu pueril semblante! ¡Ah, infeliz Hipomenes, no querria haber sido vista por tí! Ciertamente eres digno de vivir; y si yo fuese mas feliz, y los importunos y contrarios hados no me prohibiesen el estado conyugal, serias tú el solo con quien yo apeteceria casarme.” Concluyó su razonamiento; y como poco experimentada, y por primera vez acometida del amor, ama sin advertirlo y sin saber lo que hace. El padre de Atalanta y todos los espectadores instaban sobre que se continuase el certamen de la carrera; y estando para principiarla, Hipomenes invocó mi proteccion[184] con el mayor fervor, diciendo: „Ayude y favorezca Venus Citerea[185] mi atrevimiento, y proteja este amor que en mí ha fomentado.” Conmovíme, lo confieso, con esta rendida súplica, que el blando viento hizo llegase á mis oidos; pero como ya iba á empezar la carrera, quedaba muy poco tiempo para usar de arbitrios en su favor. En la isla de Chipre[186] hay un campo, que sus naturales le llaman Tamaseno. Este sitio, que es la mejor parte de la isla, me fue dedicado por los antiguos, y mandaron que se agregase en dote á mi templo. En medio de este campo hay un árbol, cuyas hojas y frutos son de oro. Yo volvia de él en esta sazon, y traia en la mano tres manzanas de oro que habia cogido. Lleguéme á Hipomenes sin que nadie pudiese verme sino él solo, y le enseñé al dárselas el uso que habia de hacer de ellas. Á la señal que hicieron las trompetas el uno y la otra partieron á un tiempo de los señalados límites con la mayor ligereza. Parecia que sus pies apenas tocaban la arena. Al verlos se creeria que podrian correr sobre el mar sin humedecer sus plantas, y sobre las espigas de las secas mieses sin ajarlas.[187] Animaban á Hipomenes las voces y aplausos de los espectadores, que gritaban diciendo: „Ahora, ahora, Hipomenes, es la ocasion de que te esfuerces; corre ligero; usa ahora de todas tus fuerzas; date priesa, que tú alcanzarás la victoria.” No es fácil de decidir á quien de los dos agradaban mas estos aplausos, si á Hipomenes ó á Atalanta. ¡Cuántas veces, pudiendo ella dejarle atras, se detuvo de intento! ¡Y con cuánta dificultad apartaba la vista que en él llevaba clavada! Fatigado Hipomenes de tan larga carrera, respiraba ya un aliento seco y anhelante, y aun faltaba mucho para llegar al término de la carrera. Entonces arrojó una de las tres manzanas. Pasmóse Atalanta al verla, y deseosa de cogerla torció la carrera para alzarla. Entre tanto Hipomenes la cogió ventaja, y empezaron á victorearle los espectadores. Mas ella repara la detencion y el tiempo perdido con la veloz carrera, y deja atras al jóven. Aunque Hipomenes volvió á detenerla arrojando otra manzana, volvió á alcanzarle y á dejársele atras. Ya solo faltaba el último tercio de la carrera cuando Hipomenes me hizo esta súplica: „Asísteme ahora, ó Diosa, y haz que me aproveche este don que benéfica me has hecho.” Al pronunciar estas palabras arrojó con fuerza la tercera manzana hácia un lado para que perdiese la direccion en ir por ella, y volver á la carrera. Pareció que la doncella dudaba si iria ó no á cogerla; pero yo con mi inspiracion la incliné á que se determinase, y al tiempo de cogerla aumenté el peso de la manzana, y la impedí su velocidad con esta detencion y con el mayor peso de aquella. Últimamente porque mi narracion no se extienda mas que aquella carrera, Atalanta quedó vencida, é Hipomenes vencedor obtuvo su premio.”
FÁBULA XIV.
HIPOMENES CONVERTIDO EN LEON Y ATALANTA EN LEONA.
„Dime ahora, querido Adonis, ¿no era yo digna de que Hipomenes me hubiese rendido gracias y ofrecido el honor del incienso y de los sacrificios por semejante favor? Pues has de saber que ni me las tributó ni me ofreció sacrificios. Me dejé arrebatar de la ira mas violenta; y sintiendo vivamente este desprecio, me indigné contra ambos, é hice en ellos un castigo tal que me asegurase de ulteriores desprecios. Pasaban un dia junto á un templo, que escondido en una espesa selva habia en otro tiempo edificado por voto á la madre de los Dioses el esclarecido Equion.[188] Como se hallaban fatigados del largo camino, se sentaron á la sombra para descansar. Alli asaltó á Hipomenes un intempestivo deseo del uso conyugal, promovido por mí. Cerca del templo habia un lugar retirado de escasa luz, formado naturalmente de las peñas, á manera de una cueva, y que habia sido consagrado desde la mas remota antigüedad, y alli los sacerdotes habian colocado muchos simulacros de madera de los antiguos Dioses. Entraron en este sitio, y le profanaron con una accion tan agena de su santidad. Los Dioses por no ver este sacrilegio volvieron los ojos, y Cibeles dudó si sumergiria á los delincuentes en la laguna Estigia; pero le pareció que este castigo era muy leve para un delito tan enorme. Al punto pues se cubren sus cuellos de rojas crines; sus dedos se encorvan en uñas; los hombros se convierten en espaldas; todo el peso carga sobre los pechos; con la cola barren la superficie de la arena; en el rostro se ve pintada la saña, y en vez de palabras pronuncian un espantoso murmullo, y tienen por tálamo las selvas: en una palabra, fueron transformados en leones, animales temidos de todos, y dóciles para el carro de Cibeles. Tú pues, amado Adonis, huye de estas fieras, y de todas aquellas que en vez de huir y volver la espalda presentan su cuerpo y pecho á los que les acometen. Evita su encuentro, no sea que tu osadía sea perjudicial á tí y á mí, que mas que tú sentiré tu desgracia.” Despues que Venus dió este consejo á Adonis, tomó el camino por los aires en un carro tirado de cisnes. Pero Adonis, dejándose llevar de su valor, no se aprovechó de las advertencias de Venus.”
(112) Venus llora á su querido Adonis
herido por un jabalí.
FÁBULA XV.
MUERTE DE ADONIS.