FÁBULA II.
DIDO RECIBE Á ENEAS EN SU PALACIO.
La Sidonia Dido, Reina de Cartago, acogió benignamente á los troyanos y á Eneas en su ciudad, y tambien en su cariño, sin advertir lo que habia de costarle el retiro que de pronto y ocultamente hizo de ella el que habia elegido para su marido, pues por él, y viéndose abandonada de su amante, puesta sobre una alta pira que habia hecho armar y encender con pretexto de un sacrificio, se dió muerte á sí misma con un puñal, y la que se vió engañada engañó á todos con tal aparato, que todos juzgaban era para el pretextado sacrificio. Prosiguiendo pues Eneas su fuga de la nueva ciudad de Cartago, regresó otra vez al monte Erix y á la region donde reinaba el fiel troyano Acestes, donde celebró juegos y sacrificios fúnebres en veneracion del sepulcro de su padre Anquises. Despues de lo cual, haciéndose á la vela con las naves, á quienes las matronas troyanas, instigadas por Iris, mensagera de Juno, habian intentado incendiar, pasó el reino de Eolo y las islas y herrerías de Vulcano, que humeaban con el ardiente azufre; y dejándose atras el golfo de las Sirenas, antes del cual se habia quedado sin el piloto Palinuro, que cayó y se ahogó en el mar, tocó en las dos islas Inarime y Procida, y últimamente aportó al fondeadero de la de Pitecusa, llamada asi de los nombres de sus habitadores, los que por sus fraudes, perjurios y trazas con que intentaron engañarle incurrieron en el odio de Júpiter, y los castigó convirtiéndolos en monas, animales feos y disformes, que pudiesen parecer en parte semejantes, y en parte desemejantes á los hombres. La conversion se hizo volviéndoles mas pequeños los miembros, aplastándoles las narices, avejándoles la cara con arrugas, y cubriéndoles el cuerpo de un pelo sutil y velloso, y en esta forma los envió á habitar á dicha isla, habiéndoles antes quitado el uso de la voz y de la lengua tan acostumbrada á fraudes y perjurios, y en su lugar les dejó solo el poder quejarse con un ronco chillido.
(129) Apolo concede á la Sibila tantos años
de vida como arenas tiene en sus manos.
FÁBULA III.
ENEAS Y LA SIBILA.
Dejó Eneas á Fiteusas siguiendo su viage; y dejando á su derecha á Nápoles,[87] y á su izquierda el sepulcro de Miseno,[88] célebre trompetero, é hijo de Eolo, llegó á las playas de Cumas, que eran unos sitios pantanosos, y llenos de ovas y otras plantas palustres, en donde encontró y entró en la cueva de la Sibila Cumea, que es sola la que vive entre todas las demas,[89] y la suplicó que le acompañase y le condujese á los infiernos á visitar en ellos á su padre Anquises. La Sibila, despues de haber tenido algun tiempo sus ojos fijos en la tierra, alzó la vista, y embriagada y enfurecida con la deidad que se le habia entrado en su pecho, le dijo: „Mucho es lo que pides, héroe esclarecido en hechos, cuyo valor tiene dadas pruebas por la espada, y cuya piedad se ha singularizado por el fuego de que sacaste á tu anciano padre; pero no tengas recelo, esclarecido troyano, que conseguirás lo que pides, y guiándote yo, visitarás los campos Elíseos, los últimos reinos del mundo y la amada sombra de tu padre: al valor ninguna senda está cerrada.”
Esto dijo; y mostrándole en la selva de Proserpina un resplandeciente ramo de oro, le mandó que lo cortase del árbol y lo tomase. Obedeció Eneas, y con esta señal pudo entrar y ver las riquezas del formidable reino de Pluton, y en él á sus ascendientes y la anciana sombra del magnánimo Anquises su padre, quien le instruyó de las prerogativas y autoridad á que llegarian la ciudad y reino que habia de fundar, y le predijo las nuevas guerras que le esperaban, y los peligros que le habian de acontecer en ellas. Despues de esto salieron de aquella triste region, caminando por una senda cuesta arriba, en la que guiaba la Sibila; y entreteniendo con conversaciones el trabajo del camino medroso, y por entre sombras y crepúsculos, dijo Eneas á la Cumea: „Bien seas tú Diosa, ó mortal sumamente grata á los Dioses, te tendré siempre por deidad, y me confesaré existir por el beneficio que me hiciste de facilitarme poder visitar las regiones de la muerte, y salir de ellas despues de haberlas penetrado, por cuyo favor, ya que me hallo restituido á la luz del mundo de los vivientes, te edificaré templos, y te veneraré en ellos con el culto del incienso.”
Volvióse la Sibila á mirar á Eneas, y lanzando grandes suspiros, le dijo: „No soy deidad, ni debes venerar con el sagrado incienso á una persona humana, y para que en esto no peques de ignorancia has de saber que Apolo me ofrecia por mi virginidad una vida perpetua y eterna, haciéndome deidad é inmortal. Con la esperanza de inclinarme y vencer con dones mi resistencia me dijo: „Hermosa doncella y sacerdotisa de Cumas, elige y pide lo que se te antoje, pues todo te será concedido.” Yo, enseñándole un monton de arena, le pedí me concediese tantos años de vida como átomos en él habia; pero no tuve la advertencia de pedir que todos hubiesen de ser en juventud y sin envejecerme; pero él me prometia lo uno y lo otro con tal que yo me rindiese á su deseo; mas yo no quise, y desprecié sus ofertas, permaneciendo sin casarme, en cuyo estado se me ha pasado ya lo florido y lo mejor de mi vida, y viene á paso largo la trémula vejez, la cual habré de tolerar el mucho tiempo que aun me queda para llenar el número de las arenas, pues ya he vivido siete siglos, y aun me restan y tengo que ver trescientas primaveras y otros tantos otoños, y llegará el tiempo en que los muchos años apoquen y hagan menor mi cuerpo, y reduzcan á muy poco peso mis miembros debilitados y consumidos con la vejez, y entonces nadie creerá que en mi juventud agradé á Apolo y fuí amada por él; y acaso él mismo ó no me querrá conocer, ó negará que estuvo enamorado de mí. Me mudaré y trocaré hasta el punto de que nadie me quiera ver, y solo seré conocida por mi fama, que será la que quede despues de mi muerte.”