—No es tarde, señora.
—¿No es tarde, y yo estoy cautiva? Leonor, tú has nacido para ser esclava.
—Perdóneme Vuestra Alteza, señora, pero no puedo resolverme a creer que no haya uno entre tantos como hacían alarde de adorar a su reina como a tal, y como a la más cumplida dama...
—Leonor, me adulas.
—Vuestra Alteza sabe mejor que yo que no es lisonja lo que digo, y que los encantos de su persona han hecho acaso más vasallos que su poder.
—Verdad es que dicen que ha querido Nuestro Señor poner en mí algo de eso que llaman belleza; pero tú exageras la causa y los efectos.
—¡Ah, señora, si estuviera aquí un caballero de Castilla, qué bien respondería!
—¿Un caballero de Castilla...? No sé de quién hablas.
—Del más galán, del más valiente, y también del más enamorado.
—Bien lo encareces, Leonor. ¿Eres su dama?