Tomando la voz los ancianos, uno en pos de otro, á saber, los dos caciques Quilan y Pallatur, dijo este: que ninguno tenia mas derecho que otro á la laguna y á la sal de ella: que esta era comun á todos los hombres, como los pastos del campo á los animales: que las diversas naciones de indios, de una y otra parte de la Cordillera y los españoles, podian venir á la laguna, y cargar la sal que quisiesen, sin que ninguno pudiese estorbarlo, sin ser injusto: pero que, ademas de esto, estaba ya acordado en un sério parlamento, en aquel mismo lugar, á que él entonces concurrió. Que jamas faltaria por su parte á ello, y defenderia con sus gentes y armas esta determinacion, á la cual habian concurrido caciques muy respetables. Pero, por desgracia, veia que en estos tiempos todos se hacian caciques sin serlo, y que la causa de verse arruinados era la falta de sugecion en los indios, y los muchos cristianos que hoy habia entre ellos, cuyo número se hacia ya respetable á los mismos indios por sus determinaciones, así en los consejos que les daban para resistir á los mismos españoles y su venida á estos campos, como para ir á maloquear ó robar las haciendas de los españoles; y que esto solo podria remediarse, situándose allí los mismos cristianos, como lo deseaban él y otros caciques, por la cuenta que les tenia para proveerse de muchas cosas de que carecian.

Lo mismo expresó Quillan, Quidulef, Victoriano y otros; y aunque Carrupilun y Neuquen no contradigeron, tampoco se prestaron con claridad á mas que á no impedir que la expedicion cargase de sal, sin ser incomodada en cosa alguna. Ultimamente, para aprovechar aquel momento de division y de temor, llamé la atencion de todos, y dige: que en medio de la oposicion que se manifestaba en sus opiniones y razonamientos, yo no queria cargar sal alguna, y que daria parte al Sr. Virey para enterarle de todo en el dia, y que obraria segun su determinacion: pero que ciertamente les anunciaba, que tendria un gran sentimiento cuando supiese que no se cumplian sus parlamentos, y era muy de temer me remitiese las tropas que estan juntas en las Guardias, con las órdenes mas estrechas para castigar á los que se oponian; que en esta inteligencia no se quejasen despues. Que les advertia, que si algunas gentes de sus tolderias me robaban caballos ó ganado, como lo habian hecho, no aguardaria las órdenes del Sr. Virey, porque usaria de las armas.

Todos contestaron que no habria novedad, y que si algun indio cometiese igual exceso lo matase sin recelo, que ellos no se agraviarian. Pero tomó la voz Quinteleu y los suyos para que no se demorase la carga de las carretas, que ellos ayudarian con sus gentes y auxiliarian la expedicion hasta Buenos Aires. Le contesté, que me tomaria tiempo para resolverme, en vista de cuanto se me habia faltado, y yo no debia creer sus ofertas; pero que tuviesen entendido que desde aquel dia ya no se vendia aguardiente alguno, puesto que uno de los motivos que se daban para los descomedimientos de los indios era la embriaguez. Habiendo pasado el dia sin poder tomar alimento alguno, á causa de las ocurrencias referidas, mandé que se retirasen de la línea, á excepcion de los indios amigos, con quienes no se hizo novedad. Continuó la vigilancia necesaria sin dormir, y quedamos sobre las armas toda la noche hasta que amaneció, sin que en ella hubiese ocurrido alteracion ni motivo de incomodidad por parte de los indios. El cacique Quinteleu se mantuvo en vela á mi lado toda la noche, haciendo observar por los suyos y los demas indios, que con frecuencia le daban parte de sus centinelas avanzadas.

19, LUNES.

En este dia dí parte á la Exma. Junta Gubernativa de todas las ocurrencias de Carrupilun, y estado de asedio en que me consideré en los dias 17 y 18; las medidas tomadas y resolucion de defenderme y atacar á los indios si me embarazaban el regreso. Prohibí la venta de toda bebida á los indios. Llegó el cacique Victoriano, dejando su gente pronta y armada para que ocurriese con su aviso, y entonces saludò á Carrupilun, quien trató de despedirse en aquel dia, é igualmente los mas de los caciques de su parcialidad, exigiendo se les diese algunas bebidas, yerba, tabaco y otras especies, que fué necesario franquearles para salir de ellos sin agravio ó descontento. Me pidieron todos les diese oficio de recomendacion para poder presentarse en las Guardias y al Superior Gobierno como amigos, en que no me detuve; dando parte igualmente á la Exma. Junta, manifestándole individualmente las circunstancias de cada uno para que solo se atendiese á los amigos beneméritos, dando resguardo á los demas, y los motivos que me obligaban á darles dichos oficios.

Se presentó en este dia el cacique Milba, hombre feroz de aspecto y de condicion, quien con su gente acampó á distancia de nuestro real por no desarmarla, y vino solo con un lenguaraz indio, cuyo próximo arrivo habia anunciado Neuquen en el dia anterior. A este principalmente, y á Neuquen estaba encomendado el asalto; mas mudó de lenguage, en virtud de las ocurrencias referidas, y se despidió. Sin embargo hasta el siguiente dia se veló mucho sobre las haciendas, por los frecuentes robos que se experimentaban entre ellos, bien que no se atrevieron asaltar á nuestros ganados de dia; pero en la noche acometieron varios indios á algunos vivanderos. Fueron sentidos y perseguidos por las patrullas: prendieron á dos con los robos que habian hecho, é hirieron mortalmente á otro, conduciendo á los tres á la guardia de prevencion, donde se les aseguró. El facultativo puso el mayor esmero en curar al herido, que entre otras habia recibido una herida en el bajo vientre, y tenia las tripas fuera. Este cuidado se redobló cuando se supo que no tenia ingerencia en los robos, que era indio amigo, y que como tal apellidó en su defensa al cacique Valeriano para que no le ultimasen. La causa de su desgracia fue el haberse asustado, y echado al indio que dormia, cuando se dirigieron hàcia él los soldados que perseguian á los ladrones. Esta ocurrencia puso en doble vigilancia al campamento: prevenidos los indios de ella, avivaron su retirada luego que amaneció, siendo el primero Carrupilun. Antes que se retirasen, dispuse que reconociesen á los indios ladrones, que se hallaban bien asegurados á las ruedas de una carreta, con las especies robadas, para que en ningun tiempo pudiera dudarse de la justicia de su prision y castigo. Para esto hice convocar á los caciques, y ordené se mantuviese sobre las armas la expedicion.

20, MARTES.

Reconocidos los indios aprendidos, y tambien el herido y su estado, convinieron los caciques, á vista de sus declaraciones y delitos comprobados, en que yo les quitase la vida, ó castigase como quisiese, pues podia hacerlo francamente. Que en atencion á que ellos habian sido causantes de la desgracia del indio amigo, debian pagar con sus bienes las heridas del enfermo, ó su muerte, á contentamiento de los parientes que hubiese en el campamento, avisando á los demas que tuviese en la tolderia de donde procedia. En estas circunstancias me aproveché de sus mismas resoluciones, perdonándoles la vida, y dejándoles asegurados hasta la llegada de los parientes del herido, quienes dispondrian de él segun sus usos y costumbres: de cuya resolucion quedaron todos muy agradecidos, y los reos satisfechos de la fineza, contra el fallo de muerte que sus propios caciques habian dado.

Este accidente inopinado, unido á los antecedentes, dió un mérito extraordinario á la resolucion, y alentó á los españoles, que se consideraban como despreciados, y deseosos de emprender cualquiera accion que se presentase, por la que en efecto anhelaban, incitados de los despojos que podia prometerles la victoria, en las muchas alhajas de plata, monturas, caballos y tegidos que traen á esta especie de feria. Todo, por una especie de providencia, contribuyó á deslumbrarlos y hacerles perder el empeño de atacarnos, á pesar de su muchedumbre, y de nuestra escasa fuerza, que consistia en 21 hombres de fusil y 9 artilleros, de la que estaban bien instruidos desde el principio, y fué causa para que nos insultase Lincon. La firmeza en sostener la prohibicion de vender bebidas, de la que todos hicieron mal agüero, contribuyó á persuadir á los indios que yo guardaba aun resentimientos por sus procederes, y que deseaba declararles la guerra al mas leve delito. Para evitarlo, se fueron despidiendo uno en pos de otro con sus respectivas recomendaciones. Se retiraron todos los que seguian á Carrupilun á los Médanos, distantes como legua y media, donde habian dejado sus armas.

Desembarazado en mucha parte del cuidado que daban estos caciques, y su muchedumbre de gentes de armas encoletadas, y algunos con cotas de acero, como tambien de su innumerable chusma, quedamos mas francos para atender al objeto de nuestro viage. Por esta razon, y por la imposibilidad de poder sacar sal, se habia omitido hasta hoy, y no por el motivo que habia hecho entender á los indios. Llamé á los dueños de carretas y capataces, y les prefijé el término de tres dias para la carga, en atencion á haber mejorado el tiempo y bajado las aguas, para estraer la sal con menos trabajo que antes. Hice que las carretas no entrasen á la laguna, que quedasen siempre en línea, en precaucion de algun acometimiento de los indios que nos observaban, sin moverse de los Médanos referidos.