Yo no ceno en mi casa hace algunas Noches-buenas.
Mi pueblo ha desaparecido en el oceano de mi vida, como islote que se deja atrás el navegante.
Yo no soy ya aquel Pedro, aquel niño, aquel foco de ignorancia, de curiosidad y de angustia que penetraba temblando en la existencia.
Yo soy ya... nada menos que un hombre, un habitante de Madrid, que se arrellana cómodamente en la vida, y se engríe de su ámplia independencia, como soltero, como novelista, como voluntario de la orfandad que soy, con patillas, deudas, amores y tratamiento de usted!!!
¡Oh! cuando comparo mi actual libertad, mi ancho vivir, el inmenso teatro de mis operaciones, mi temprana experiencia, mi alma descubierta y templada como un piano en noche de concierto, mis atrevimientos, mis ambiciones y mis desdenes, con aquel rapazuelo que tocaba la zambomba hace quince años en un rincón de Andalucía, sonríome por fuera, y hasta lanzo una carcajada, que considero de buen tono, mientras que mi solitario corazón destila en su lóbrega caverna, procurando que no la vea nadie, una lágrima pura de infinita melancolía...
¡Lágrima santa, que un sello de franqueo lleva al hogar tranquilo donde envejecen mis padres!
IV.
Conque vamos al negocio; pues, como dicen los muchachos por esas calles de Dios:
Esta noche es Noche-buena
y no es noche de dormir,
que está la Virgen de parto
y á las doce ha de parir.
¿Dónde pasaré la noche?