¡Nada... Nada hay nuevo bajo el sol!...

Créolo á puño cerrado por dos razones: primera, porque la noticia está en latín (y sabido es que, así en sermones como en discursos académicos, no hay argumento más convincente que un texto de los Santos Padres ó de los filósofos de la antigüedad, máxime si el latín es tan enrevesado que nadie lo comprenda); y segunda, porque hoy quisiera regalar á mis lectores algunas noticias frescas sobre artes, literatura, tauromaquia, prestidigitación ó pirotécnia, y nada nuevo ocurre en tales ramos.

Pero consolémonos de la certeza del dicho que encabeza estos renglones con la certeza de este otro que yo acabo de inventar:

Aliquid novum super solem.¡Sobre el sol, hay algo nuevo![4]

Este algo es un cometa.

¿Qué nos trae el recienvenido? ¿Cuál es su historia? ¿Qué se propone hacer en las elevadas regiones por donde arrastra su luminoso apéndice?

He aquí lo que me propongo investigar de la mejor manera posible.

Empezaré declarando, con permiso del señor fiscal de imprenta, que á nada mejor puede compararse la numerosa serie de cometas conocidos, que á la serie no menos numerosa de Ministerios del reinado de Doña Isabel II.

Reflexionemos.

Los cometas aparecen cuando menos se los espera: su marcha es tal, que nadie sabe á punto fijo á dónde van ni de dónde vienen: hasta hace muy poco tiempo, se ha dudado si describían ó no una órbita parecida á la de los demás astros, y no ha faltado tampoco quien los considere simples meteoros ó meteoros simples de nuestra atmósfera, sin importancia ni influencia alguna. Pero, como todo se sabe al fín en este pícaro mundo, la ciencia ha demostrado ya de una manera palmaria que toda la originalidad de los cometas consiste en que, describiendo curvas de idéntica naturaleza á la de todos los planetas inofensivos, tienden, con una fuerza todavía incalculable, á prolongar todo lo posible la duración de sus revoluciones...