Ni á rezar...; porque nunca rezo en público.

Ni á dar limosna para misas; porque conozco á algunos sacerdotes que me las dicen de balde.

Voy á consolarme de no ser ministro, ni sabio, ni hermoso, ni banquero.

Y, de camino, felicito á mis difuntos y los entero de cuanto ocurre por aquí.

Pero ¡ay! este año son tantos mis quehaceres, que me es imposible ir á darles los días en persona.

Quédame dichosamente el moderno recurso del correo interior, y á él apelo, temeroso de que mis amigos del otro mundo se figuren que los he olvidado y mueran de pena, ó, por mejor decir, resuciten...;—lo cual sería mucho más espantoso... para ellos.

Ved, pues, lo que les digo con esta fecha.

I.

Amigo mío:

Tu mujer era una hipócrita: todas las promesas de eterno amor que te hizo durante la luna de miel, y todos los ofrecimientos de viudez perpetua que te dió á libar en tus últimos instantes, hanse convertido en un Capitán de caballería, con el cual se casará de un día á otro, si ya no se ha casado.