Tu drama sigue muy aplaudido.—¿Te sirve de algo la gloria póstuma?
VI.
Mi bondadoso y apreciable acreedor:
¡Conque se murió V...!
¡Dios lo tenga en su gloria!
¿Me perdona V. la deuda?—¿Sí?—¡Toma!... ¡Ya lo esperaba yo de su generosidad!!!
Dígame V., ¿hay algo de cierto en lo de la metempsícosis?—¡Hombre... cuidado! ¡No sea V. atroz! ¡No vuelva V. á nacer, por María Santísima!
¿Quiere V. creerme? Hasta que murió usted estuve persuadido de que había hombres inmortales... (¡No es broma!)—Y desde que ha muerto V., siento creer en la inmortalidad del alma.
Conque... hasta el valle de Josafat..., donde me excusaré de pagarle..., porque..., como resucitará V. desnudo..., no tendrá bolsillo en que meterse el dinero.
¡Abur!