II.
La fealdad es necesaria: sin fealdad no hay belleza: donde todo es igual, nada es sublime: de la comparación brota el mérito; si todas las mujeres que hay sobre la tierra fuesen Helenas, Frines ó Cleopatras, se buscaría una fea como inapreciable joya, ó, mejor dicho, lo feo sería entonces lo hermoso.
Á más de esto (ya lo hemos indicado), la fea nata, que es como si dijéramos la fea innata, recibe en el vientre de su madre un alma hermosa, sensible, rica de ingenio y de abnegación.
No desconocemos que después estas almas de fea son torcidas, escépticas, lúgubres, desconfiadas...
¡Pero es que la sociedad las vicia! ¡La fea que no sea santa tiene que ser diablo!
¡Mas conseguid meteros alguna vez en el corazón de una fea: atravesad con vuestro afecto ó vuestra compasión aquellas cortezas de desengaños, aquellas cicatrices de desprecios, aquellas escorias de decepciones horribles, y encontraréis el más puro oro, las más celestiales lágrimas!
III.
Nace la fea. Todos le ponen mala cara: el padre retrocede: la madre se abochorna: después la compadece...: finalmente la oculta.
¡No está orgullosa de su hija!... Acaso teme también que diga alguna comadre:—¡Vecina! ¡Cómo se parece á usted!
A la hijastra de la naturaleza se la cree indigna de un nombre francés ó italiano: se llamará (nada de Julia, nada de Eduarda, nada de Isolina, nada de Amelia) Anselma, Bonifacia, Cuasimoda ó cosa de este jaez.