—Por lo demás, señora...—concluyó dirigiéndose a Dª Teresa,—¡figúraseme que no hay motivo para que me eche usted esas miradas de odio, pues ya no puede tardar en venir mi primo Álvaro, y las librará a ustedes del Capitán Veneno...! Entonces verá este señor Doctor... (¡cáspita,[130] hombre, no apriete usted tanto!), qué bonitamente, sin pararse en eso de la inmovilidad (¡caracoles, qué mano tan dura tiene usted!), me llevan cuatro soldados a mi casa en una camilla, y terminan todas estas escenas de convento de monjas! ¡Pues no faltaba más! ¡Calditos a mí! ¡A mí sustancia de pollo! ¡A mí enarenarme la calle! ¿Soy yo acaso algún militar de alfeñique, para que se me trate con tantos mimos y ridiculeces?
Iba a responder doña Teresa, apelando al ímpetu belicoso en que consistía su única debilidad (y sin hacerse cargo, por supuesto, de que el pobre D. Jorge estaba sufriendo horriblemente), cuando, por fortuna, llamaron a la puerta, y Rosa anunció al Marqués de los Tomillares.
—¡Gracias a Dios!—exclamaron todos a un mismo tiempo, aunque con diverso tono y significado.
Y era que la llegada del Marqués había coincidido con la terminación de la cura.
Don Jorge sudaba de dolor.
Diole Angustias un poco de agua y vinagre, y el herido respiró alegremente, diciendo:
—Gracias, prenda.
En esto llegó el Marqués a la alcoba, conducido por la Generala.
Era D. Álvaro de Córdoba y Álvarez de Toledo un hombre sumamente distinguido, todo afeitado, y afeitado ya a aquella hora