—¡Generala!—exclamó el Marqués, llorando a lágrima viva.—¡Permítame usted besarle la mano![179]

—¡Y permite, querida mamá, que yo te abrace llena de orgullo!—añadió Angustias, que había oído toda la conversación desde la puerta de la sala.

Doña Teresa se echó también a llorar, al verse tan aplaudida y celebrada. Y como la gallega, reparando en que otros gemían, no desperdiciara tampoco la ocasión de sollozar (sin saber por qué), armose allí tal confusión de pucheros, suspiros y bendiciones, que más vale volver la hoja, no sea que los lectores salgan[180] también llorando a moco tendido, y yo me quede sin público a quien seguir contando mi pobre historia...

VII

LOS PRETENDIENTES DE ANGUSTIAS

¡Jorge!—dijo el Marqués al Capitán Veneno, penetrando en la alcoba con aire de despedida.—¡Ahí te dejo! La señora Generala no ha consentido[181] en que corran a nuestro cargo ni tan siquiera el médico y la botica; de modo que vas a estar aquí como en casa de tu propia madre, si viviese. Nada te digo de la obligación en que te hallas de tratar a estas señoras con afabilidad y buenos modos, al tenor de tus buenos sentimientos, de que no dudo, y de los ejemplos de urbanidad y cortesía que te tengo dados; pues es lo menos que puedes y debes hacer en obsequio de personas tan principales y caritativas. A la tarde volveré yo por aquí, si mi señora la Condesa me da permiso para ello, y haré que te traigan ropa blanca, las cosas más urgentes que tengas[182] que firmar, y cigarillos de papel. Dime si quieres algo más de tu casa o de la mía.

—¡Hombre!—respondió el Capitán.—Ya que eres tan bueno, tráeme un poco de algodón en rama y unos anteojos ahumados.

—¿Para qué?

—El algodón, para taparme las orejas y no oír palabras ociosas, y las gafas ahumadas, para que nadie lea en mis ojos las atrocidades que pienso.

—¡Vete al diantre!—respondió el Marqués, sin poder conservar su gravedad, como tampoco pudieron refrenar la risa Dª. Teresa ni Angustias.