—Angustias,[185] cuando me duela menos esta condenada pierna, jugaremos al tute arrastrado... ¿Le parece a usted bien?

—Será para mí un señalado honor...—contestó la joven, dándole la medicina que le tocaba en aquel instante.—¡Pero cuente usted ahora, señor Capitán Veneno, con que le acusaré a usted las cuarenta!

Don Jorge la miró con ojos estúpidos y sonrió dulcemente por la primera vez de su vida.[186]

PARTE TERCERA

HERIDAS EN EL ALMA

I

ESCARAMUZAS

Entre conversaciones y pendencias por este orden, pasaron quince o veinte días, y adelantó mucho la curación del Capitán. En la frente sólo le quedaba ya una breve cicatriz, y el hueso de la pierna se iba consolidando.

—¡Este hombre tiene carne de perro![187]—solía decir el facultativo.

—¡Gracias por el favor, matasanos[188] de Lucifer!—respondía el Capitán en son de afectuosa franqueza.—¡Cuando salga[189] a la calle, he de llevarlo a usted a los toros y a las riñas de gallos; pues es usted todo un hombre!...[190] ¡Cuidado si tiene hígados para remendar cuerpos rotos![191]