—¿Se declara usted, pues, en retirada?
—En retirada... ¿de qué?
—¡Toma! ¡Usted lo sabrá! ¿No me la[214] echó de tan valiente y batalladora el día que me llamó indio bravo?
—Pues no me arrepiento de ello, amigo mío... Pero basta de despropósitos, y hasta mañana.
—¿Se va usted? ¡Eso no vale! ¡Eso es huir!—solía decirle entonces el muy taimado.
—¡Como usted quiera!...—respondía Angustias encogiéndose de hombros.—El caso es que me retiro...
—Y ¿qué voy a hacer ahora aquí, solo, toda la santa[215] noche? ¡Repare usted en que son las siete!
—Ésa no es cuenta mía. Puede usted rezar, o dormirse, o hablar con mamá... Yo tengo que seguir arreglando el baúl de papeles de mi difunto padre... ¿Por qué no pide usted una baraja a Rosa, y hace solitarios?
—¡Sea usted franca!—exclamó un día el impenitente[216] solterón, devorando con los ojos las blanquísimas y hoyosas manos de su enemiga.—¿Me guarda usted rencor porque, desde aquella mañana, no hemos vuelto a jugar al tute?
—¡Muy al contrario! ¡Alégrome de que hayamos dejado también esa broma!—respondió Angustias, escondiendo las manos en los bolsillos de la bata.