—¡Ni yo tampoco!—añadió la criada.

—¡Mamá, déjame ir! ¡Te lo pido por la memoria de mi padre! ¡Yo no tengo alma para ver desangrarse a este valiente, cuando podemos salvarlo! ¡Mira, mira de qué poco[57] le sirven tus vendas!... La sangre gotea ya por debajo de los colchones.

—¡Angustias! ¡Te he dicho que no vas!

—No iré, si no quieres: pero, madre mía, piensa en que mi pobre padre, tu noble y valeroso marido,[58] no habría muerto,[59] como murió, desangrado, en medio de un bosque,[60] la noche de una acción, si alguna mano misericordiosa hubiese restañado la sangre de sus heridas...

—¡Angustias!

—¡Mamá!... ¡Déjame! ¡Yo soy tan aragonesa como mi padre, aunque he nacido en este pícaro Madrid!—Además, no creo que a las mujeres se nos haya[61] otorgado ninguna bula, dispensándonos de tener tanta vergüenza y tanto valor como los hombres.

Así dijo aquella buena moza; y no se había repuesto su madre del asombro, acompañado de sumisión moral o involuntario aplauso, que le produjo tan soberano arranque, cuando Angustias estaba ya cruzando impávidamente la calle de Preciados.

V

TRABUCAZO

¡Mire usted, señora! ¡Mire qué hermosa[62] va!—exclamó la gallega, batiendo palmas y contemplando desde la reja a nuestra heroína...