Dicho esto, la joven sonrió sin alegría, tendiéndome una mano con exquisita gracia, y murmuró:

—Pida usted a Dios por mí.

Yo estreché su mano, linda y delicada, y terminé con un saludo aquella escena, que empezaba a hacerme mucho daño.

En esto llegó un elegante coche al parador.

Un lacayo con librea negra avisó a la desconocida.

Subió ella al carruaje, saludome de nuevo y desapareció por la Puerta del Mar.

Dos meses después volví a encontrarla.

Sepamos dónde.

IV