—Hombre, seré franco... —le contesté—. Nunca he merecido, ni pienso merecer, que me eleven arcos de triunfo; nunca he experimentado ese inmenso júbilo que llenará el corazón de un grande hombre en el momento que un pueblo alborozado sale a recibirlo, mientras que las campanas repican a vuelo; pero...
—¿Adónde vas a parar?
—A la segunda parte de mi discurso. Y es: que si en este pueblo no he experimentado los honores de la entrada triunfal, acabo de ser objeto de otros muy parecidos, aunque enteramente opuestos. ¡Confiesa, oh juez de palo, que esos clamores funerales que solemnizan mi entrada en *** hubieran contristado al hombre más jovial del universo!
—¡Bravo, Felipe! —replicó el juez, a quien llamaremos Joaquín Zarco—. ¡Vienes muy a mi gusto! Esa melancolía cuadra perfectamente a mi tristeza.
—¡Tú triste!... ¿De cuándo acá?
Joaquín se encogió de hombros, y no sin trabajo retuvo un gemido...
Cuando dos amigos que se quieren de verdad, vuelven a verse después de larga separación, parece como que resucitan todas las penas que no han llorado juntos.
Yo me hice el desentendido por el momento y hablé a Zarco de cosas indiferentes.
En esto penetramos en su elegante casa.