Y alzando más la voz, repetí:

—¡Buenas noches!

Igual silencio siguió a mi segunda salutación.

—¿Si será mudo? —me dije entonces.

A todo esto, la diligencia había echado a andar, digo, a correr, arrastrada por diez briosos caballos.

Mi perplejidad subía de punto.

¿Con quién iba? ¿Con un varón? ¿Con una hembra? ¿Con una vieja? ¿Con una joven? — ¿Quién, quién era aquel silencioso número 1?

Y fuera quien fuese, ¿por qué callaba? ¿Por qué no respondía a mi saludo? ¿Estaría ebrio? ¿Se habría dormido? ¿Se habría muerto? ¿Sería un ladrón?

Era cosa de encender luz. Pero yo no fumaba entonces, y no tenía fósforos...