Sin la fe ciega que D. Trinidad Muley tenía ya en la redencion del jóven, hubiera temblado por su vida, como temblaron las mujeres, al verlo levantar el puñal, y no habria estorbado, como estorbó, que se precipitasen en la sala... Y tambien fué necesaria en seguida toda la autoridad del Sacerdote para impedir que estallasen en gritos de santo alborozo al contemplar aquella solemne abdicacion de la mayor soberbia que jamás cupo en corazon humano.
—¡Callad! ¡callad!... (les decia al oido el autor de tan prodigiosa obra.) ¡Callad!... ¡Dejadlo!...—¡Dios está con él!—¡No despertemos al demonio del orgullo, que ya duerme, y pronto habrá muerto, en el corazon de mi buen hijo!
Manuel consideró lo que habia hecho, y su grave rostro expresó una reflexiva y triste complacencia; pero no en modo alguno aquella devocion activa, directa, personal, que suponian las buenas mujeres y cuyos resplandores de triunfo y de esperanza hubiera querido hallar D. Trinidad Muley en los ojos del leon vencido...
—¡Eso no es fe! ¡Eso no es más que caridad! (dijo el indocto Padre de almas, dando crédito, como siempre, á su leal corazon.)—¡Mi obra puede quedar incompleta!—¡Malhaya los hombres que han secado las fuentes de la alegría en un espíritu tan bueno! ¡Miéntras Manuel no crea, no tendrá dicha propia, y sólo gozará en ver que los demas son venturosos!
El hijo de D. Rodrigo sacó en esto el reloj y miró la hora.—Pero debió de hallarlo parado; pues en seguida abrió un balcon que daba á Oriente y dominaba toda la vega; y consultó la posicion de los astros...
Corrió entónces á la puerta del salon, y, sin abrirla, dió dos palmadas, como llamando...
—Dejadme á mí...—murmuró D. Trinidad, haciendo señas á las mujeres para que se alejasen.
Y penetró en el vasto aposento.
—¿Quieres algo?—preguntó dulcemente á Manuel.
Fuese modestia, fuese cansancio, fuese aquel pueril resentimiento que el amputado guarda algunas horas al operador que en realidad le ha salvado la vida, nuestro jóven bajó los ojos, esquivando la mirada del Sacerdote, y dijo rápidamente: