—Hijo mio: completa tu obra...—Acuérdate de lo que hemos hablado...—Aquí tienes á D. Antonio Arregui...—Te suplico que le pidas perdon...

Arregui estaba dos ó tres pasos más atras, altivo, digno, dispuesto á todo, bien que no pudiendo ménos de admirar aquella noble, hermosa y dolorida figura, que veia por primera vez, y acaso, acaso compadeciendo tan inmerecido infortunio.

Manuel contempló amargamente al esposo de Soledad, y vaciló algunos instantes entre los dos abismos que volvia á presentarle la desventura.

Reinó, pues, en toda la Plaza un hondo silencio, preñado de horrores.—Los segundos parecian siglos.

—¡Piensa en mí! ¡Piensa en quién eres! ¡Piensa en D. Rodrigo Venegas! ¡Piensa en el Niño Jesus!—murmuró D. Trinidad, levantando hácia el jóven las abiertas manos, en ademan de plegaria.

Manuel tembló de piés á cabeza, como si, al renunciar á su última y suprema arrogancia, renunciase tambien á la vida, y, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó al hombre á quien habia jurado matar.

Arregui se descubrió casi al mismo tiempo, respondiendo hidalga y afectuosamente á aquel saludo.

Una salva de aplausos estalló entónces entre el gentío, miéntras que mil y mil voces ensordecian el aire gritando:

—¡Viva Manuel Venegas! ¡Viva Antonio Arregui! ¡Viva D. Trinidad Muley! ¡Viva el Niño Jesus!

Manuel habia metido espuelas entre tanto, y desaparecido como una exhalacion, sin que la Volanta, que corrió detras de él, consiguiera darle alcance, ni detenerlo con sus descompasados gritos.