Como quier que ello fuera, así denominaban generalmente al gallardo huérfano cuando recobró el uso de la palabra á la edad de trece años, en cuya fecha (y es lo que ántes íbamos á referir) contrajo un nuevo hábito, tan inalterable y acompasado como todos los suyos, que le apartó un poco de su mística devocion é hizo prever al público sensato graves y funestas consecuencias.

Tal fué la costumbre que tomó de ir á sentarse, todas las tardes á la misma hora, en un poyo que habia á la puerta de no sé qué casa, frente por frente del antiguo palacio de los Venegas, donde seguia habitando el usurero D. Elías.—Allí se estaba solo y quieto, desde las dos, que acababa de comer, hasta que se hacía de noche, con los ojos clavados en los grandes balcones del edificio ó en el escudo de armas que campeaba sobre la puerta, sin que fuesen parte á distraer su atencion los curiosos que pasaban por aquel solitario barrio, con el mero objeto de verle hacer tan significativa centinela, ni osaran parecer por allí los chicos de su edad, ya castigados por sus puños de hierro, ni hubiesen bastado los ruegos y hasta órdenes del prudentísimo D. Trinidad Muley á hacerle desistir de aquella peligrosa manía.

Los balcones del famoso caseron estaban constantemente cerrados con maderas y todo, ménos uno, que tenía sobre los cristales cortinillas blancas.—¡Era el de la habitacion que fué despacho de su padre!—Pero las cortinillas no se meneaban nunca, ni se veia nada al traves de ellas...

Tampoco entraba ni salia alma viviente á aquellas horas por el enorme porton, cerrado tambien, como si allí no viviera nadie, ó como si detras de él no hubiese un portal con otra puerta, y en esta puerta su correspondiente aldaba.

Al fin, una tarde vió Manuel salir del palacio, y regresar á él al poco tiempo, á un viejecillo pobremente equipado, que recordó haber visto algunas veces en el despacho de su padre contando grandes montones de dinero...—Sin duda era el criado y cobrador de D. Elías.

El vejete debió de conocer tambien al niño, ó tener noticias de su persona, pues dió un largo rodeo á la ida y otro á la vuelta para no pasar cerca de él; lo miró de reojo con cierta especie de pavor, y volvió muchas veces la cabeza como para cerciorarse de que no le seguia,—ni más ni ménos que hacen los supersticiosos con las que se les figuran almas del otro mundo.

Á la tarde siguiente, observó el huérfano que detras de las mencionadas cortinillas se movia una sombra...; y luégo vió descorrerse un poco la muselina de una de ellas, y pegarse al cristal la severa cara de otro viejo, á quien no conocia, y que fijaba en él dos ojos como dos puñales...

—¡Ese es mi verdugo!—dijo Manuel, dando un salto de fiera, y avanzando hácia aquella parte del edificio.

Pero la cortinilla se corrió de nuevo, y desapareció la vision.

El niño volvió á su asiento, cesando su furia tan bruscamente como habia estallado.—Todo en él tenía este carácter de prontitud y fuerza, propio de los leones: lo mismo la cólera que el reposo; así el dolor como el consuelo; así la arremetida como el perdon,—segun que veremos más adelante.