—Muchacho (le dijo un dia el clérigo:) ¿cómo te las compones para comer?
—Señor Cura... (contestó el niño:) ¡en la Sierra hay de todo!
—¡Sí! ya sé que hay frutas bordes, y legumbres salvajes, y mucha caza mayor y menor... Pero, ¿cómo cazas sin escopeta?
—¡Con esto!... (respondió Manuel, mostrándole una honda de cáñamo, que llevaba liada á la cintura.) ¡Y con ramas de árbol! ¡y á brazo partido! ¡y á bocados, si es menester!
—¡El demonio eres, muchacho!—concluyó diciendo el Cura, á quien, en medio de todo, le gustaba más la vida montaraz que la civilizada, y que tampoco tenía nada de cobarde.
Siguió, pues, respetando aquella nueva manía de su pupilo, y hasta justificando que el pobre huérfano buscase una madre en la soledad y una aliada en la naturaleza, como habia buscado un hermano en el Niño Jesus.
—¿Qué le hemos de hacer? (solia decir á su ama de llaves.) Si en esa vida de perros no aprende cosas buenas, tampoco aprenderá cosas malas; y, si nunca llega á saber latin, ¡le enseñaremos un oficio, y en paz!—San José fué maestro carpintero... ¿Qué digo?... ¡Ni tan siquiera consta que fuese maestro!
Las correrías de Manuel iban haciéndose interminables, y de ellas regresaba cada vez más taciturno y melancólico, siendo cosa que ya daba espanto verlo llegar, despues de meses enteros de ausencia, curtido por el sol ó por la lluvia, deshechos piés y manos de trepar por inaccesibles riscos, desgarradas á veces sus carnes por los dientes y las uñas del lobo, del jabalí y de otros animales feroces, y siempre vestido con pieles de sus adversarios,—única gala del pequeño Nemrod despues de tan desiguales luchas.
Pero ¡ay! ¿qué valian todos estos destrozos en comparacion de los que un tenaz sentimiento, impropio de su edad, hacía en el alma enferma de aquel desgraciado? ¿Qué importaban tales fatigas á quien precisamente buscaba en ellas un descanso, un remedio, un lenitivo á más íntimas y mortales inquietudes?
Porque ya hay que decirlo: con quien verdaderamente luchaba el huérfano en aquellos parajes selváticos, sin conseguir el deseado triunfo, era con su involuntario é indestructible cariño á Soledad, como tambien habia luchado con él inútilmente en la Iglesia de Santa María, bajo la proteccion del Niño de la Bola.—Pasaba ya el mozo de los quince años; era de sangre árabe; y en su fogosa y pertinaz imaginacion resplandecia más fulgente y hechicera que nunca la imágen de la niña vedada, del bien prohibido, de la felicidad imposible, miéntras que su escrupulosa conciencia sentia cada vez mayor repugnancia á aquel afecto criminal, infame, sacrílego (él lo calificaba entónces así), que habia venido á frustrar tantos y tantos planes de reparacion y de justicia, amasados lentamente por el huérfano en tres años de meditacion y de mudez. Figurábase que su padre maldeciria desde el cielo aquel amor inventado por el demonio para dejar inultas la ruina y la muerte del mejor de los caballeros, y hacía esfuerzos inauditos por arrancarse del alma el nombre de Soledad, por no ver la cariñosa luz de sus ojos, por no oir el eco de su dulce voz, por no envidiar el regalo de su sonrisa, por matar, en fin, aquel insensato deseo de ser amigo suyo, de serlo siempre, de serlo más que nadie, que precisamente habia nacido en su soberbio corazon de la misma imposibilidad de lograrlo.